Al Maestro Desconocido

Se acabaron los días de gloria, los congresos, los homenajes y las noticias que restituían por unas horas la falta de reconocimiento diario a quienes se ocupan de una de las misiones más trascendentales para una sociedad, la tarea de educar.

Ahora ya se habla de otras cosas, pero es verdad que en estos dos últimos meses se han señalado varios días en el calendario: el del Docente, el del Maestro… Ha habido muchas flores, se han escrito panegíricos y las cabezas y los corazones de quienes se dedican a la enseñanza se han llenado de orgullo y de baterías recargadas para continuar.

Pero las flores no llegan a todos o se marchitan con el paso de los días, como en la tumba del soldado desconocido. Y, ya sin coronas de laurel, las batallas continúan y se recrudecen. A veces son muy duras y hasta injustas: criticados, desautorizados, malinterpretados y sin posibilidad de explicarse. O tan solo difíciles, en la más absoluta soledad y frente a un mundo que no ayuda. Da igual, porque en lo recóndito del anonimato son miles los animosos combatientes que se levantan cada día haciendo de la tarea de educar su vida. No nos referimos solo a los profesores, a los docentes de aula que se dejan la piel en un colegio, un instituto o una universidad. Estamos hablando de Maestros. Y esos son todos los que de un modo u otro se dedican a educar, conscientes de la importancia de su misión y de las implicaciones que irremediablemente tienen el cómo y el desde dónde.

Hablamos de familias, abuelos, tíos. También de voluntarios, monitores, catequistas, religiosos…. Y, sobre todo, de muchos padres y profesores apasionados que no se plantean un trabajo sino la vida. A veces no están en las redes sociales, ni en los eventos multitudinarios, ni tienen coach. Solo, y quizá ni hoy ni a corto plazo, un hueco en la memoria de la tierra nueva en la que sembraron, a la espera de unos frutos incuantificables porque no aparecen en rankings ni evaluaciones.

Con un poco de suerte, habrá quien los recuerde de vez en cuando, reconociendo la herencia que dejaron su sabiduría, su paciencia o sus luchas. Habrá quien ejercite un agradecimiento sostenido porque recuerda vívidamente a la persona. Y habrá, y esto es quizá de mayor riqueza, quien lleve en su ADN la pasión, la curiosidad, el talante, la confianza y la mucha vida que aprendió de otros, maestros que lo fueron no por lo que enseñaron, sino por cómo y desde donde lo hicieron.

La propia vida es la mejor de las maestras y el ejemplo la mayor escuela. La forma de tratar a cada uno partiendo de dónde está, la fe depositada en cada alma, inquebrantable y paciente,  la autenticidad en la forma de enseñar aplicando a la vida los conocimientos propios y contagiando con su mirada el deseo y la curiosidad. Y, por último el acompañamiento, también en el fracaso, siendo hombro, muleta, soporte, pompones de cheerleader y hasta orquesta, con un incalculable repertorio de músicas para todos los estados de ánimo.

O silencio y retirada discreta a la espera de otro amanecer. Porque tampoco se trata de allanar el camino, ni siquiera de firmar un autógrafo en otras vidas. Es enseñar a cada uno a encontrar su sello personal y descubrir entre su barro, las estrellas que lo llevarán a brillar con luz propia.  Porque la del Maestro se limita a ser faro. Luz para que puedan encontrarse en lo personal, para corregir con autoridad pero amorosamente el rumbo, para pulir el carácter y apoyarlos en el descubrimiento de sus vocaciones, en la prolongación de sus metas y la pasión por algunas de las cosas que acabarán conformando sus vidas. Y sobre todo, luz de ejemplo en la lucha, porque si hay algo que caracteriza a los grandes maestros que todos recordamos es la perseverancia que les llevó a no rendirse nunca con nosotros y ayudarnos a encontrar una salida mostrándonos, no las soluciones, sino la mejor versión de nosotros mismos para intentar alcanzarlas.

Y, un poco a la manera de las aves, haciendo de lo que se enseña algo tan trascendental para la vida que, como una impronta, avive en los polluelos el deseo de seguir al Maestro para aprender lo fundamental de la existencia y, lo que es más importante, saberse acompañado a descubrir la capacidad de vuelo y la libertad que alcanzará en la suelta.  Porque todo lo que se transmite, para que cale, debería apelar al vuelo propio, el que se encontrarán un día con todo el horizonte a la vista y esa inmensidad que, al margen de resultados académicos, pone en valor nuestras vidas y nos lleva a elegir la propia trayectoria entre las diferentes rutas migratorias.

Serán millas de vuelo transoceánico, duro y en soledad o integrados en una bandada triangular cargando las alas de responsabilidades. Vuelos en días grises y tormentosos o de infinitos y alegres horizontes azules. Vuelos de amor y de muerte, de alegría y riesgo, descubriendo tal vez rutas inexploradas, pero con aleteo firme y decidido.

Podrán surcar grandes continentes y tal vez un día ya no recuerden pero mucho de lo que son lo habrán aprendido del Maestro que, cual soldado, sigue empeñando su existencia en las pequeñas batallas de cada día, sin perder el entusiasmo y soñando con la conquista.

Y aunque nadie le atribuya el mérito y no haya flores en el monumento de su vida, habrá  algo mucho más valioso para todos: las semillas.

 

De Barro y Estrellas