Escandalízate

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Hemos despedido el mes de septiembre con tremendas historias de acoso en el entorno escolar, en un curso apenas iniciado que ya nos invita a mirar con asombro la cara más amarga de la indiferencia. Y es que, siendo durísimas las imágenes de una chica pegando a otra a la puerta del instituto, hoy queremos detenernos en el hecho no menos atroz de estar asistiendo a agresiones grabadas sin ningún tipo de intervención en las que quienes presencian la escena, aparecen como cómplices inactivos de la paliza o espectadores indiferentes de un comportamiento tremendamente violento al que parecen haberse hecho inmunes.

Enseguida han salido a la palestra los expertos queriendo dar una explicación al suceso en los canales de noticias y todos los periódicos de tirada nacional en los que, por si alguien se lo había perdido, repiten las imágenes una y otra vez. No se trata de analizar la paliza pues, advierten, la violencia en los entornos escolares ha existido siempre. Lo nuevo son los numerosos pies quietos haciendo círculo alrededor de la escena y las muchas manos que sostienen el móvil sin titubeos y graban las imágenes para que luego esos y otros muchachos se animen a difundirlas con un sencillo clic, exento también, y en apariencia, de implicación. Estos expertos coinciden en señalar a un primer culpable: las pantallas de las tecnologías de la comunicación, el entretenimiento y la información. Nos hablan de la violencia en los videojuegos, de los altísimos niveles de brutalidad en el cine o la televisión y del acceso a todo tipo de imágenes duras a través de internet, la violencia verbal de algunos tuits o la utilizada en el whatsapp, por cuya red circulan impunemente todo tipo de salvajadas, confundiendo a niños y adolescentes sobre algunos comportamientos. Y lo que es peor, acostumbrándolos a un nivel de violencia que los insensibiliza para que nada les impacte o escandalice.

Es verdad que puede haber muchísimo barro en el móvil o la tableta y que la oferta televisiva puede llegar a ser demoledora y no ayudar en nada a sensibilizar las conciencias. Pero si nos quedamos ahí, no habremos hecho más que matar al mensajero y hablar solo de unos instrumentos que también cuentan con contenidos interesantes y enriquecedores, verdaderos telescopios para localizar estrellas entre tanto lodazal. El problema está, y esto no lo decían los expertos, en la guía, el manual de instrucciones, la escala de valores que debería estar grabada a fuego en estos niños y adolescentes, en sus conciencias y en sus corazones, demasiadas veces perdidos por falta de supervisión pero, sobre todo, por falta de ayuda en la interpretación.

No es lo que ven, que por otro lado es lo mismo que ven todos y podríamos ver cualquiera, no nos engañemos. Lo que necesitan es el filtro de lo que acontece para que al humanizarlo, pierda ese grado de realidad virtual que los reduce a meros espectadores de una escena, por muy escalofriante que sea. Si nos descuidamos se impone en ellos una falta de visión crítica y un relativismo invasor que, disfrazado de tolerancia, disculpa todo lo que no afecte directamente a sus vidas. No podemos evitarlo, ahora tienen un espejo mucho más grande en el que mirarse y ha dejado de ser la familia. Y lo que miran, con ojos como platos, es lo que más llama su atención, todos los comportamientos egoístas de una sociedad que graba su ADN en la conducta de sus integrantes con la fuerza de lo impuesto. “Sí,  lo presencié. Pero es que ocurrió delante de mí. No, no hice nada porque formaron un corro para que no nos acercásemos. Sí, me quedé y vi que grababan, pero ocurría en la calle, cualquiera hubiera podido verlo. Sí, pasé las imágenes para denunciar lo bestias que son algunos. No hice ni más ni menos que lo que siempre me dices: No te metas en líos. O es que quieres que me peguen a mi…”

            Situaciones como estas se repiten a diario también en nuestro mundo de adultos en el que demasiadas veces dejamos pasar comportamientos indignantes solo para preservar nuestra seguridad o instalados en la comodidad de unas vidas centradas en su propio ombligo.

Pues bien,  deberíamos seguir sin desfallecer y estar encima, no controlando y prohibiendo, sino ayudando a interpretar y aprovechando los tristes acontecimientos que nos presentan los medios de comunicación para hacerles ver que uno no puede quedarse impasible, que hay alguien tan vulnerable como ellos al otro lado de la pantalla y que es necesario siempre poner en conocimiento de un adulto lo que ocurre y animar al resto de los compañeros a hacer lo mismo. Que, sin poner en riesgo nuestra integridad, hay muchas cosas que podemos hacer para que estas situaciones no se repitan. Podemos avisar, disuadir, sacar de allí a quienes se rinden al espectáculo, negarnos a pasar las imágenes, incluso separar a quienes pelean si tenemos la fortuna de sentirnos respaldados por amigos y compañeros que, como nosotros,  han decidido salir del corro y tomar partido.

Hay muchas formas de ser valiente y no todas son peligrosas. Solo hace falta que lo que ocurre llegue a escandalizarnos, acabe con nuestra indiferencia y nos obligue a intervenir porque alguien nos animó a poner la justicia y la dignidad por encima de nosotros mismos y a comprender que también somos culpables cuando llegamos a tolerar algunas de las cosas que hacen los demás. 

De Barro y Estrellas