Las plumas

Si vives medianamente al día de lo que ocurre en el mundo habrás oído hablar de las fake news, esas noticias falsas que últimamente inundan el panorama internacional llenando los medios de comunicación y las redes sociales a una velocidad imparable y condicionando, desde la economía a la política, todos los ámbitos de la realidad. Son bulos intencionadamente difundidos que acaban instalándose como auténticos en medio de la sociedad, manipulando la realidad para influir en las conductas, infringir un daño o enaltecer una idea. Vamos, una mentira de las de toda la vida, dicha con una intención concreta y propagada para que llegue lo más lejos posible y sea comentada con la fuerza de la verdad.

Teniendo en cuenta que en nuestras vidas anónimas, alejadas de los medios o las redes también podemos ser portadores de fake news, este concepto nos anima hoy a reflexionar sobre la importancia de enseñar a decir la verdad. Y más aún, a acercarnos a la fuente  y contrastar lo que escuchamos, antes de divulgar algo que puede convertirse en una crítica, colgar un sambenito o causar un daño irreversible en personas o instituciones.

Porque muchas veces nuestros pequeños, nosotros mismos, nos hemos visto envueltos en chismes de clase, patio, parque o cafetería, en bulos del trabajo o incluso de familia y cotilleos de barrio o de ciudad que han dañado a alguien. Y lo peor es que puede que en ningún momento nos hayamos parado a pensar en las consecuencias, ni mucho menos en la posibilidad de que un día podamos estar nosotros y nuestros niños en la diana.

Las pequeñas mentirijillas que se dejan pasar pueden expandirse como una bola de nieve que al rodar engorda arrastrando en la caída un montón de mentirijillas más. Las propias exageraciones no contrastadas dan lugar a malentendidos complicados de revertir. Y hay palabras maledicentes que salen de las bocas con demasiada ligereza, embarrando la imagen de algo o alguien e impidiendo que durante un tiempo brillen las pocas o muchas estrellas que pudiera tener.

Animemos a nuestros pequeños a ponerse del lado de los débiles, a no dejar que la calumnia se instale en nuestras vidas y a detectar la injusticia de una crítica o la parte de veracidad que puede haber en una murmuración. Que aprendan a contrastar antes de difundir, que pregunten si es verdad al interesado, que éste pueda defenderse. Y, sobre todo, que conozcan las consecuencias que un bulo puede tener en la vida de otras personas, incluso en la propia si fueran ellos los calumniados. Que entiendan que, en contra de lo que se cree, las palabras casi nunca son borradas por el viento. Mucho menos hoy en día que vuelan escritas en un tuit o un wasap y llegan hasta las nubes, almacenadas en una simple captura de pantalla.

Aunque no las hayamos creado somos responsables de ellas porque contribuimos a propagarlas y debemos saber que, una vez lanzadas al aire, las palabras pueden herir mucho algunos corazones dejando en ellos una huella que ni siquiera el perdón es capaz de borrar.

“Había un hombre que calumnió gravemente a un amigo por envidia y, arrepentido al verlo arruinado, preguntó a un sabio como podía revertir el mal que había causado. El sabio le respondió: Coge un saco de plumas y ve soltándolas por el camino,  una a una. Te resulta fácil, ¿verdad? El hombre sonrió asintiendo y el sabio dijo entonces: Ahora, espera un día e intenta recuperarlas todas, una por una, hasta que tu saco vuelva a estar lleno. El hombre se marchó muy triste porque sabía que algunas plumas habían sido arrastradas por el viento demasiado lejos para ser recuperadas. Entonces volvió donde el sabio y éste le dijo: Igual que no has podido recuperar las plumas, jamás podrás borrar las palabras que han volado ya de boca en boca. El daño está hecho y aunque el perdón consiga llenar tu saco, las plumas seguirán volando cada vez más lejos, cada vez más alto…”  (Autor desconocido).

 

De Barro y Estrellas