Familias “por vía de contagio”

Acabamos de celebrar el Día Internacional de la Familia, una propuesta de Naciones Unidas para “crear conciencia sobre el papel de las familias en la promoción de la educación de la primera infancia y las oportunidades de aprendizaje permanente para niños y jóvenes”.

Qué bueno que al menos por un día se nos invite a reflexionar sobre esta realidad que, sin embargo, y que nos perdonen las Naciones Unidas, se nos antoja algo incompleta. Y es que, en su argumentación sobre la propuesta, la ONU omite a los adultos que deberíamos seguir teniendo en la familia una fuente inagotable de aprendizaje.

La familia enseña a lo largo de toda la vida porque, más que una institución, constituye un lugar específico en el que permanecer o al que volver y  del que nutrirse siempre, tenga uno lo edad que tenga. Muchas miradas posibles están recogidas en la familia para iniciarse en el aprendizaje: el hombre de la mujer, la mujer del hombre, el niño del adulto, el adulto del niño. De los pequeños, los padres podemos aprender a mirar con inocencia y asombro, de los jóvenes con alegría, de los mayores  con la paciencia y el poso requerido para alcanzar sabiduría. Y en esa actitud de continuo empaparse es donde mejor podemos situarnos para aportar a nuestra familia lo que de bueno vayamos descubriendo.

Porque es verdad que las cosas más importantes de la vida se aprenden aquí. Lo verdaderamente trascendental, las formas de amar, de sufrir, de respetar, de entregarse, de tolerar o de convivir. Incluso las formas de ser para uno mismo o para los demás se aprenden con los padres, los hijos, los abuelos y ese gran o pequeño entramado social que es escaparate mismo de la vida.

Eso sí, hay que tener en cuenta que no se aprende en el sentido literal de la palabra, tomando las cosas de memoria o a través del estudio. Se aprende por auténtico contagio. Por la experiencia vivida en el seno de nuestra familia, por aquello a lo que nuestra familia nos invita, nos anima o nos propone en su propia idiosincrasia.

Hay cosas que no se pueden saber sino sentir, aprender sino experimentar. Y es ahí donde radica la mayor eficacia de la educación familiar, en el testimonio y en aquello que, como por vía de contagio, se va propagando en nosotros al tomarlo como modélico y aprehendido.

Claro que ese es también su mayor peligro. Los malos hábitos se contagian, las faltas de respeto, el consumismo o la intolerancia también se contagian contaminando todo, pervirtiendo y contradiciendo lo que las palabras puedan decir. Convirtiendo en barro aquello que podría haber brillado en las estrellas.

Cultivar con mimo los valores de nuestra familia, y sobre todo vivirlos en cada uno de los acontecimientos diarios, se hace imprescindible para alcanzar ese ideal de familia que solo se consigue superando las dificultades con amor. Porque, como dice el Papa Francisco, son “el amor, la verdad y la belleza lo que constituye la carta de ciudadanía que Dios ha entregado a las familias”.

Aprovechémonos de ese regalo para participar con amor, verdad y belleza en los acontecimientos cotidianos, cultivar los tiempos en familia y ofrecer quietud para estar, disfrutarse, convivir y seguir aprendiendo unos de otros a lo largo de toda la vida.

Lo demás, como un virus, se irá propagando por contagio.