Ni las manos de Iker paran al destino

Balón en las manos de Iker

Nuestros niños conocen bien a Iker Casillas. Es uno de los deportistas de nuestro país más reconocido y admirado. Y lo es, además, para varias generaciones porque lleva en el fútbol profesional más de 20 años cosechando grandísimos éxitos, sobre todo como portero del Real Madrid y de la Selección Española.

Hasta hace unos días, tal y como lo presentan los medios de comunicación, la vida parecía sonreír a Casillas que, afincado ahora en Oporto, esperaba aún más triunfos para completar su carrera deportiva. Y también, cómo no, la libertad y la salud necesarias para decidir su destino, aún joven, con su familia de guapos de postal y todas las mimbres para tejer la felicidad de una existencia tan idílica como irreal. Porque resulta que tras el brillo del «guapos, ricos y famosos» hay siempre seres humanos. Y detrás de un cuerpo joven y saludable, controlado y por ello supuestamente exento de riesgos, está ese imponderable de la vida que es la fragilidad, tan inherente a la naturaleza humana que ni siquiera necesita avisar cuando se presenta y desbarata todos los planes, haciéndonos caer en la cuenta de que nuestra vida, en realidad, no nos pertenece. Es más, el infarto de Iker, como el ictus de Pérez Rubalcaba y tantas y tantas experiencias de enfermedad y muerte que aparecen súbitamente en las vidas, parecen responder a una lotería caprichosa o una suerte de juego macabro en el que si te ha tocado no hay vuelta atrás.

Pero en realidad, de un modo u otro, esto nos acaba tocando a todos. Por eso es tan importante entenderlo bien. Y por eso, la experiencia de Casillas puede ayudarnos hoy a explicar a nuestros niños el valor de la vida, su fragilidad y lo poco que podemos decidir sobre ella o parar al implacable destino, ni siquiera siendo el mejor portero del mundo.

Iker ha tenido suerte después de todo. Su emocionado Gracias ante los medios y en las redes sociales nos devuelve al hombre frente a la estrella y a esa porción de barro que tiene la vida, que no podemos controlar, detener ni ignorar.

Él parece tenerlo claro. Nada más salir del hospital aseguró no importarle el tiempo de recuperación ni lo que le espera a su carrera profesional. Da igual, – dijo- lo importante es estar aquí.  Tal vez, después de lo sufrido, su mejor momento será este y su agradecimiento más sincero, el de estar vivo y poder disfrutar de algo tan sencillo como la cotidianeidad. Ojalá sea perdurable esa sensación y el agradecimiento se instale con fuerza en su corazón, hoy más frágil pero seguramente mucho más lleno,  tocado por las muestras de cariño recibidas y por esa sensación de haber vuelto a nacer.

Como seguramente lo hará Casillas, nosotros podremos aprender también que lo importante no suele ser lo que le ocurre a uno, sino cómo reacciona ante lo ocurrido y qué mirada pone en lo que está por venir.

Todos nos encontraremos con la fragilidad, la enfermedad o el dolor en algún momento. Será en la historia de nuestros seres queridos o en la propia y, tal vez nos pase como al portero, llegará como un duro golpe de timón, un súbito cambio de rumbo cuando menos lo esperemos, cuando peor nos venga o cuando la vida nos sonría. Eso sí, se nos concederá aprender a verlo como una oportunidad.

 Volver a situarse en el terreno de juego como si uno lo hiciera por primera vez puede darnos otra perspectiva, obligarnos a poner el foco en lo verdaderamente importante y hacernos caer en la cuenta de que hay en nuestras vidas cosas más trascendentes que nosotros mismos y merecen la pena, en el sentido literal del término. Vivir con ojos nuevos, recolocarse después de que a uno lo hayan descolocado, podría hacer más auténtica la mirada y permitir que el corazón se llene de alegría con las cosas más sencillas. E invitarnos a renacer con esperanza, a buscar apoyos más estables, amarras fuertes que nos sostengan en mitad de la tempestad.

Seremos más sabios, eso es seguro, porque la fragilidad es con toda probabilidad la experiencia más profundamente humanizante. Conociendo que nuestro tiempo en la tierra es finito, que la vida pasa y a veces muy rápido, tal vez podamos comprometernos a amar cada día como si fuera el último y comprender que todo se nos ha dado, que es un regalo estar vivo y que no es, como decía el título de una vieja película, que  el cielo pueda esperar sino que ya está aquí, lo construimos cada día de nuestra vida, para nosotros y para los demás.

Suerte Iker. Con tu recuperación y con la lectura que hagas de este nuevo tiempo de regalo.

De Barro y Estrellas