El mejor verso

Ahora que, precisamente por ser niños, distinguen mejor que nadie al malo de una historia, que saben lo que quieren y, sobre todo, lo que no quieren para sí mismos y para los demás. Ahora que la bondad es un concepto nítido, que lo justo aún no se ha difuminado en las justificaciones y que el mundo se presenta bajo el prisma de un cristal transparente. Ahora que es tiempo de fijar en sus retinas el color de la verdad más simple, es también momento de perfilar en sus corazones el deseo de que el bien prevalezca y la certeza irrenunciable de que ellos tienen la oportunidad y la responsabilidad de que así sea: Tú puedes cambiar el mundo, porque es real que el futuro te pertenece.

Quizá si en nuestra vida de adultos pudiéramos poner el acento más veces en esa responsabilidad entenderían que el futuro les pertenece desde ahora y que el mañana va a depender de lo que vayan construyendo en torno sí mismos y a los demás. Por eso si en algún momento, dejándoles entrar en conversaciones de adultos, les oímos decir o simplemente reafirmar lo que escuchan cuando alguien dice “No me parece justo que haya personas que no tengan un salario digno”, habría que decirles en su lenguaje e inmediatamente: ¡Pues cámbialo! Puedes cambiarlo, está en tus manos formarte para hacerlo. Puedes llegar a ser el empresario que contrate con equidad y justicia, el juez que la imparta o el legislador que mejore las leyes para que esto no suceda. Incluso el implicado ciudadano que luche por los derechos de sus semejantes y trabaje sin descanso en favor de la justicia laboral y social.

Cuando afirmes que no hay avances en la investigación contra enfermedades que azotan a tu familia o a tus amigos puedes decirles que es legítimo llorar, pero también aspirar a ser el médico que encuentre la vacuna contra el cáncer o la erradicación de la malaria, el investigador que trabaje incansablemente para lograrlo, el enfermero que atienda a las personas que padecen enfermedad o el payaso que recorre los hospitales arrancando una sonrisa a los que sufren. Por qué no plantearles que podrían aspirar a nobles ideales, ponerse grandes metas, aspirar a todo mientras les preparamos también para la posibilidad de que no se consiga. Ser, por ejemplo, el ingeniero que haga carreteras más seguras. O máquinas que lejos de sustituir al hombre, lo complementen y lo ayuden a dar un mejor servicio a la humanidad. Pueden ser el político, el maestro, el filósofo, el dependiente o el funcionario que ante el público se muestre siempre como persona y no como un mero dispensador. Pueden ser el científico que trabaje a favor de la paz y el desarrollo, el mecánico que arregle su telescopio, incluso el que barre el laboratorio sabiendo lo importante que un trabajo bien hecho puede llegar a ser para la humanidad. Y aún más cerca. Hoy puede ser el niño que ayude a los demás, que revierta las situaciones injustas en el patio del colegio, que no permita el bullying y se ponga siempre del lado de los débiles. Puede ser el niño o la niña que haga que las clases sean amenas, que con su ilusión y su esfuerzo impulse a otros a mejorar. Puede cambiar ya hoy todo lo malo de su pequeño mundo, está en su mano. Y elegir lo que es justo, lo que es bueno para todos. Puede, desde ya, sentir la responsabilidad de su futuro porque es verdad que de él o de ella depende. Tiene la llave y debería tener la ambición, el deseo, la certeza de que solo la épica cambiará el mundo. Es verdad que no es necesario ser Superman ni siquiera aconsejable que crean que pueden serlo. Solo el héroe de lo cotidiano, el que con voluntad inquebrantable y fortaleza de espíritu se pone al mando de su vida para cambiarla y mejorar. Habría que decirles cuanto antes: Estás aquí para algo grande, aunque sea en lo pequeño, para buscar las estrellas aunque sea en medio del barro, para luchar por los mejores sueños y hacerlos realidad aprendiendo a distinguir los buenos deseos, aquellos que tienen la llave de una existencia plena. Porque será lo que tengan de audaces, de valientes y esforzados, lo que les impulse y les lleve a cultivar virtudes individuales para acabar levantándose siempre dispuestos a dar lo mejor de sí mismos.

Ya lo decía el Whitman, en uno de sus poemas más reproducidos cuando se preguntaba:

…¿qué de bueno hay en medio de estas cosas,
Oh, mi yo, mi vida?

Respuesta:
Que estás aquí – que existe la vida y la identidad.
Que prosigue el poderoso drama y que tú
puedes contribuir con un verso.

Por qué esperar a que se formulen la pregunta, si tal vez con la motivación adecuada su respuesta  resuena desde siempre, y citando de nuevo a Whitman, como “un bárbaro gañido sobre los techos del mundo”

Si aspiran a dar lo mejor llegarán a ser muy grandes. Animémosles a escribir su mejor verso.

Comunicación Corazón de María