¿Hablar por hablar?

Ma-má, Ta-to, te-te…. Qué fácil fue enseñarles aquellas primeras sílabas encadenadas que enseguida se volvieron palabras en su boca, descubriéndonos los primeros síntomas de esa enfermedad incurable del orgullo paternal que permanece en estado latente por el resto de nuestras vidas y de la que esperamos siempre recaer con brotes nuevos.   Por otro lado qué diferente y qué importante también es lo que viene ahora: enseñarles a hablar de verdad poniendo en las palabras la conciencia, el alma, el respeto, la alegría y hasta la conveniencia de callar de vez en cuando. Qué importante misión educativa, no ya la de descubrir en sus cerebros la mecánica del habla, sino la de animarles a analizar en sus corazones lo que la palabra implica, lo que crea o destruye, lo que emociona y duele y lo mucho que algunos tipos de palabras faltan o sobran en las vidas.

La palabra es uno de esos dones que, por regalado, a veces ni siquiera valoramos pero es determinante en la existencia. De la forma de elegir una entre otras muchas, de decirla a tiempo, entonarla, atropellarla, desoírla, degustarla o compartirla va a depender no solo nuestra vida, sino toda nuestra identidad.  Y es que, en nuestra forma de hablar se refleja irremediablemente nuestro ser. Podemos mostrarnos dialogantes, respetuosos y empáticos o coléricos, cabezotas y soberbios. Podemos hablar en positivo o negativo y hacer la paz o la guerra con las palabras casi a cada momento y, a veces, bandeándonos en esa delgada línea que separa el barro de las estrellas y que obliga a respirar antes de hablar para encontrar la palabra justa en el momento adecuado.

Con las palabras tenemos la posibilidad de acariciar almas o hacer daño. Y de contar nuestra verdad encontrando la propia voz en medio de demasiadas palabras huecas. Porque este mundo que nuestros niños llenarán de nuevas voces está también plagado de conversaciones estériles, charlatanería superficial y palabras malgastadas por un uso excesivo y fraudulento que les ha hecho perder significado y profundidad. Es una realidad evidente en la supuesta era de la comunicación en la que se escribe mucho y se dice poco a la cara, se vocifera impunemente y se difama con descaro o se entretiene a costa de palabras ofensivas que hieren sensibilidades e insultan la inteligencia o imponen criterios a fuerza de ser pronunciadas machaconamente.

Por eso es tan importante mostrarles la otra cara de la moneda, las muchas palabras entonadas para el encuentro, la importancia del diálogo, el respeto y la delicadeza para dar entrada a la voz del otro al que, si nunca escucho, jamás entenderé.

Enseñémosles que, incluso no teniendo una dicción fluida ni una brillante oratoria, se puede tener el don de la palabra cuando se pronuncia con humildad y, lejos de recrearse escuchándose a sí mismo, se hace de la conversación un arte atendiendo a quien habla frente a nosotros queriendo de veras percibir lo que nos dice. Que entiendan que la palabra se comparte, es de ida y vuelta y no se impone. Que tiene que ser sincera. Que se pregunta, no para quedar bien o de pasada, sino porque se espera una respuesta, un aprendizaje o un empaparse de otras vidas. Que si la palabra que se articula alude a un sentimiento, debe ser real, que un te quiero o un lo siento no se pronuncian con ligereza y que hay palabras que tienen alma y no se pueden vaciar. Que sepan que no hace falta ser siempre trascendental. Que también se puede hablar con frescura y no pretender más que entretener o hacer reír poniendo constantemente en la palabra, eso sí, la ternura necesaria para acercarse y compartir. Y que también es bueno alguna vez hablar con hondura sobre la propia vida, el mundo y la existencia de los otros. Porque el hombre que observa, que bucea en su interior y comparte sus reflexiones con sinceridad se muestra más auténtico, abre su corazón a un diálogo más sincero y puede hacer de la palabra testimonio y caminos para avanzar.

Y que, en todo caso, cuanto se diga, sin dejar de atender a nuestra coherencia y los principios que nos sostienen, puede decirse cordialmente y con amabilidad. Solo desde el respeto y la estima que merece siempre el otro, ni más ni menos que la que merezco yo, se puede alcanzar la maestría de quien ha aprendido a hacer de la palabra puente, diálogo y verdadera comunicación.

 

De Barro y Estrellas