Viajes Extraordinarios

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Si tenéis la fortuna de salir estas vacaciones acompañados de los más pequeños, llevarlos de campamento o realizar con ellos un viaje familiar, no dejéis pasar la oportunidad de abrir sus ojos a lo extraordinario, a lo que a veces se esconde tras las visitas guiadas, el turismo de masas o la rutina preestablecida de cualquier actividad, por muy veraniega que sea.

La forma de viajar, la actitud del viajero, se van aprendiendo con cada viaje. Por eso es muy importante que quien nos acompaña ayude a despertar en nosotros desde niños, y casi antes de salir, la inquietud por conocer un lugar nuevo, por vivir nuevas experiencias y saborear cada minuto de esa salida con los ojos atentos y el corazón abierto, para convertir en vivencia cuanto hagamos en esos días.

No importa si es cerca o lejos, si son muchas o pocas jornadas, si es un campamento con sus actividades programadas, un viaje cultural o un lugar de playa o de piscina. Lo asombroso es la salida del entorno cotidiano, asomarse a realidades diferentes para moverse a otros ritmos, llenando el corazón y los ojos de nuevos paisajes, poniendo ilusión y alegría en cuanto se descubre y dejando que nos empape y nos invite a construir días completamente nuevos. 

Porque todo un mundo asombroso puede abrirse a nuestros ojos si aprendemos a mirar: La naturaleza puede llegar a sobrecogernos, despertando agradecimiento en nuestros corazones por formar parte de tan extraordinaria creación. El arte, la cultura o la historia avivarán nuestra admiración por unos antepasados que sin saberlo, o gracias a su afán por trascender, labraron nuestro futuro y lo llenaron de belleza y nuevos descubrimientos que hoy hacen mucho más fácil nuestra vida. Y qué decir de los deportes practicados al aire libre que llenarán nuestro mundo de sensaciones desconocidas y tal vez nos lleven a vivir nuevos retos, a medirnos con entusiasmo ante el mar y la montaña con el espíritu de los antiguos exploradores.

Pero lo que hará sin duda nuestro viaje más sorprendente es descubrir el barro y las estrellas que conforman cada lugar, a las personas que lo hacen auténticamente diferente y enriquecedor. Su forma de vida, sus costumbres, sus maneras de acogernos y presentarnos lo que es parte de su existencia nos harán comprender lo grande que es el mundo, lo diferentes que somos unos de otros y lo muchísimo que a pesar de ello tenemos en común.

Mezclarse con todo y con todos es darse la oportunidad de descubrir la esencia misma del ser humano y lo que hay de eterno en cada uno de nosotros. Es optar por conocerse en contextos nuevos, saliendo de nuestras comodidades para hacer un camino diferente, con nuevos compañeros de viaje que nos ayuden a descubrirnos por dentro. Es relacionarse, conversar, empaparse de rostros y nombres que irán modelando nuestra mirada hasta transformarla en una mirada global, enriquecida por la diversidad. Y es sobre todo abrirse al mundo para comprender que hay un caudal de vida derramada por todos los rincones, tan revestida de dignidad, tan valiosa y tan eterna como pueda ser la nuestra.

Es la actitud del viajero lo que puede llegar a convertirse en la esencia de cualquier viaje. Y es importante que hasta el más sencillo, el cercano, o incluso el que se hace a través de las páginas de un libro, tengan como punto de partida el deseo de experimentar, la necesidad de vivirlo y sumergirse en cada entorno con todos los sentidos. 

“Mira con todos los ojos, mira”, decía Julio Verne en uno de sus Viajes Extraordinarios. Y en otro añadía: “Porque la tierra no necesita nuevos continentes, sino hombres nuevos”

Hombres, mujeres y niños que afronten cada viaje con pasión y alegría, que se abran al descubrimiento de lo genuino y aprendan a apreciar cuanto conozcan del mundo y de sí mismos dejando que esas nuevas experiencias les enriquezcan y ayuden a crecer. Y personas que teniendo la fortuna de valorar lo que descubran consigan traducirlo al lenguaje del alma, elevando a lo Infinito cuanto vean, cuanto sientan, cuanto vivan.  

Solo así cada viaje pervivirá en nosotros, no solo como un recuerdo. Llegará a conformarnos, a integrarse en nuestros corazones para engrandecerlos y ampliar sus horizontes, iluminando todo nuestro interior y dejando que esa luz salga de nuevo al mundo.

Y entonces, oh prodigio, nuestro paisaje cotidiano aparecerá de pronto sin barreras, mucho más abierto y acogedor.  

De Barro y Estrellas