Archivos Diarios: 23 octubre, 2019

La Casa Común

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Cuando aún resuenan los ecos de la cumbre del Clima celebrada en septiembre y la imagen de la jovencísima Greta Thunberg abroncando a los gobernantes de todo el mundo sigue instalada en nuestras retinas, las Naciones Unidas vuelven a convocarnos a la celebración del Día Internacional contra el Cambio Climático, el 24 de octubre. Entre medias hemos conocido un demoledor informe sobre lo que ocurrirá en el Mediterráneo, se ha convocado el sínodo de la Amazonía y en los festivales de cine de todo el mundo se ha colado el asunto como un clamor unánime.   

Monotema, dicen algunos, cansados de lo que consideran un discurso manido y absolutamente dirigido por intereses particulares, lobbys empresariales o poderosos gobiernos con oscuras implicaciones políticas, que acaparan la actualidad para que perdamos de vista otros temas. Hay incluso detractores e insumisos que vierten a propósito sus basuras mezcladas y van en coche a la esquina de al lado, convencidos de que el ese cambio tan cacareado es una cuestión cíclica que nada tiene que ver con la intervención humana. Para otros,  como Greta, esa niña sueca que nos ha dejado a todos con la boca abierta, la implicación llega a un activismo acérrimo. Manifestaciones constantes, huelgas estudiantiles y llamamientos a un nuevo estilo de vida que permita combatir el daño irreparable que estamos causando al medioambiente.  

En realidad, y aunque haya terminado siendo dirigida o actúe por su cuenta, Greta es ya el símbolo de una generación que quiere despertar conciencias y sacar de su letargo a sus progenitores, a los gobernantes y a cuantos tienen alguna responsabilidad, por pequeña que sea, en esta cuestión. Y no ya sobre asuntos globalísimos, sino sobre lo que implica ir al supermercado sin bolsa o tirar al contenedor de orgánico una lata de Coca-Cola.

Porque esa podría ser la cuestión, después de todo: los pequeños barros y las pequeñísimas estrellas que cada uno vayamos poniendo a un planeta que, al margen de catastrofismos, se merece una reflexión. Y, desde luego, el ejemplo concienzudo y dedicado de quienes ponemos en la tarea de educar nuestro esfuerzo y nuestras convicciones.

Podrá repartirse la culpa entre los ciclos climáticos naturales o a la huella de carbono procedente de la acción humana contribuyendo a acelerar los cambios, aumentar la temperatura del planeta y poner en peligro la adaptación de las especies. Lo que no parece discutible es que nuestra forma de consumir y la falta de conciencia medioambiental, están abocando al primer mundo a comportamientos irresponsables, derroches inconscientes y egocéntricas instalaciones en el presente, que por sentido común, deberíamos aprender a frenar y a educar. Aun cuando no influyan en el medio ambiente.

Y para ello, nada mejor que dos semillas a plantar: la de la gratitud, porque formamos parte de este inmenso regalo que es la Creación, y la de la austeridad que dibuja la imprescindible línea entre lo necesario y lo superfluo. 

Nuestros pequeños deben saberlo: Todo se nos ha dado gratuitamente, incluida la capacidad de tomar cada día pequeñas decisiones que tienen su reflejo en el planeta. No querer ir andando al cole, comprar más cuadernos de los que necesitamos, más baños que duchas, menos jersey y más calefacción, incluso más bollos prefabricados y extraenvueltos, o más estrenos de tecnología cuando aún rueda por casa, y funcionando, la última versión de móvil o tableta.

Nada es inocuo. Y menos aún cuando es innecesario. Sin embargo parecen decisivos los pequeños gestos que, realizados por muchos, podrían llegar a cambiar la forma de interpretar nuestra presencia en la Tierra y, a la larga, de interactuar con ella otorgando a cada uno la responsabilidad que tiene, que no es ni más ni menos que toda la que puede tener.

Porque aprender a despertar la conciencia de responsabilidad sobre nuestro mundo, implica sentirse parte indivisible del mismo, de su complejidad y de las consecuencias que nuestros actos más cotidianos tienen en cada una de las cosas creadas, en esa suerte de ciencia y misterio que envuelve a cada una de las criaturas y a la casa común que compartimos.

Ahí está el reto, en los pequeños barros y las pequeñas estrellas que cada uno vamos dejando en el planeta. Y en la reflexión de lo que implican está la indiscutible herramienta para frenar el abuso y perpetuar la conciencia global de que “la Tierra es esencialmente una herencia común, cuyos frutos deben beneficiar a todos” (Laudato Sí, Papa Francisco).

De Barro y Estrellas