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Compasión a la deriva

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Hay sentimientos universales, tan inherentes al ser humano que resultan esenciales para la supervivencia pero que cada uno vive con desigual intensidad, hasta el punto de presentarse como otro tipo de emociones. Ocurre especialmente con la Compasión que, como quien va por libre, se instala en los corazones de algunas personas con suma facilidad mientras pasa por delante de otras sin hacer mella o dejando miradas muy diferentes ante un mismo acontecimiento.

Y es que hay muchas personas que no sienten lástima por casi nada. Y desde luego por nadie que se aleje de ese círculo de confianzas y afectos en el que todos nos movemos. Tal vez porque cierran los ojos a la realidad de ese “otro” lejano o porque  conociéndola, entienden que nada tiene que ver con sus vidas y consiguen mantenerse indiferentes. Algunos incluso encuentran inmediatamente argumentos para culpar a quien padece de sus propias miserias controlando así las válvulas de escape de su conciencia.

Existen también quienes, sintiendo en su corazón el sufrimiento de los otros, anteponen la razón y se detienen a reflexionar sobre el origen de la desgracia del que sufre, las consecuencias que desencadenará nuestra intervención en esas vidas y en las nuestras o el efecto llamada que una ola de compasión generaría en nuestro entorno, atrayendo nuevas miserias.

“No me creas insensible, me dueles. Pero no puedo ayudarte y nadie debe hacerlo”.A veces es esa reflexión la que genera las certezas más combativas, las que se van cargando poco a poco de razones muy meditadas que luego se defienden con absoluta convicción: “Si subsidio o doy limosna a un pobre, genero el hábito de pedir y la holgazanería de tenerlo todo sin esfuerzo mientras otros, incluido yo, trabajamos muy duro para vivir. Si acojo a todo el que llega a mis fronteras y favorezco su inclusión mis conciudadanos y yo, pagadores de impuestos, perdemos derechos, identidad y hasta trabajo. Si mando barcos al Mediterráneo para salvar a quienes quieren alcanzar nuestras costas, estoy haciéndoles más fácil la entrada, alentando a las mafias y generando expectativas en origen y una oleada de migrantes a los que no podremos atender con dignidad”. Estos y otros argumentos se imponen al sentimiento en corazones no exentos de nobleza y buena intención. Y en algunos casos con una poderosa carga de razón que no puede ignorarse cuando generalizamos o nos detenemos a reconocer nuestro mundo, nuestras seguridades y la forma en la que hemos decidido organizar nuestras vidas.

Pero es que luego están los que no pueden evitar mirar a los ojos de quien sufre, poner rostro a esa miseria y dejarse llevar por una corriente que emana de las entrañas y obliga a abrazar, a moverse, a intervenir sin observar ni adelante ni atrás. Solo atentos a un ahora inaplazable de manos que piden, ojos que lloran y corazones que se desgarran por la pena, la escasez, la soledad o el miedo. Sí, son muchos los que solo ven brazos pidiendo auxilio entre las olas, personas en presente, condenadas al desarraigo, a la cola del paro o a ponerse detrás de la cestilla de las monedas. Corazones sufrientes con destinos inaplazables que sin duda, ni aun en la más sesuda de las argumentaciones, tuvieron la suerte de nacer donde nacimos nosotros, contar con nuestra personalidad y nuestros recursos o ser educados para una supervivencia similar a la nuestra.

Quienes han decidido entregarse a la Compasión con mayúsculas son generalmente aquellos que han sentido, que han reconocido en el otro su propia humanidad y que, aunque conocen el barro, optan por adelantarse con esperanza, ese pedacito de estrella que pueda marcar la diferencia y amarrar a la vida en los momentos de mayor debilidad. Sí, saben de sobra que es mejor enseñar a pescar que dar un pez, pero encuentran imprescindible calmar el hambre antes de ponerse a ello. Porque hay cosas que están por encima de las demás cuando comprometen la dignidad, los derechos más fundamentales y la más inapelable urgencia humanitaria. Ocurre que han sido capaces de mirar directamente al rostro que padece, sentir su hambre, vestirse con la misma piel y escudriñar el mundo con sus mismos ojos. Y, después de socorrerlos poniendo incluso sus vidas en peligro, han vuelto a mirar en singular reconociendo sus nombres y sus rostros, las historias que cargan de infortunio sus espaldas y los profundos y legítimos anhelos que les mueven. Definitivamente se han conmovido alumbrados por la única certeza posible, la de tender la mano a quien está en peligro, aun a riesgo de equivocarse. 

     Hay quienes no pueden evitar vivir con-pasión, corazón y entrañas porque alguien les enseñó a no permanecer indiferentes frente a otro ser humano al límite de sus fuerzas. Incluso hay personas que han soltado definitivamente el timón de sus vidas y se han agarrado al de otras para ayudarles a salir de la deriva. Todo va en el grado de generosidad, sensibilidad, humanidad y compromiso que haya ido creciendo en nosotros desde la infancia.

No nos engañemos, la compasión también se educa y a veces solo hace falta poner la tele e invitar a nuestros pequeños a fijarse en los rostros concretos, las esperanzas y las vidas de quienes lloran al otro lado de la pantalla.

De Barro y Estrellas