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Entrenar la suerte

Dicen que Larry Bird, uno de los mejores aleros que ha dado la historia de la NBA, resumió el tercer triunfo de sus Boston Celtics en el campeonato con una frase sencilla pero memorable: “Es curioso, cuanto más entrenamos, más suerte tenemos”. Un poco más cerca, y tan solo hace unos días, Juanín García, máximo goleador en la selección de balonmano y la liga ASOBAL, aseguraba en su retirada algo que se asemeja a lo pronunciado por Bird cuando recordaba sus comienzos en las categorías inferiores: “No tenía talento, tenía muchas horas”

Casi todos los grandes deportistas, en la cumbre de sus carreras, coinciden en señalar que el entrenamiento y el tiempo dedicado a aprender y mejorar son determinantes para alcanzar el triunfo. También en los exámenes finales, ese gran partido que toca jugar ahora y para el que, además del estudio continuado, del esfuerzo sin el que nada se consigue, hacen falta otras cualidades que sin duda acompañaron a estos deportistas y que tal vez sus educadores les supieron inculcar.

Hablamos, por ejemplo, de la templanza para afrontar los retos, para aplacar los nervios antes de cada partido, para superar las dificultades y las propias limitaciones que, seguramente más de una vez, les llevaron a chupar banquillo o una posición más retrasada en la línea de juego. Hablamos de la sana competitividad que les impulsó a medirse consigo mismos, a querer mejorar siempre, aprender más y superar sus metas y no las de sus compañeros, con los que supieron formar equipo sin rivalidad, desando que el éxito alcanzase a todos. Hablamos de la capacidad de renuncia, del tiempo restado a los amigos, la Play o el ocio y de los muchos sacrificios cuando tocaba trabajar más duro. Hablamos de caer y levantarse una y otra vez. De comprender que también los partidos se pierden y que eso nunca implica abandonar, sino seguir buscando otras actitudes, nuevas estrategias y mayores ganas de luchar. Hablamos de paciencia, de respetar los ritmos de nuestro cuerpo y nuestra mente para llegar, de aprender que no todos podemos ser aleros en la cancha, que todo lleva tiempo y esfuerzo y nada se consigue solo con empezar. Y hablamos, por último, de pasión y entrega, de las ganas enormes de conseguir el objetivo, de hacer causa del trabajo diario, convencidos de que ese triunfo abrirá nuevas puertas, haciendo aún más grandes todas las gestas y transformando cada triunfo en agradecimiento y generosidad. Porque en todos los acontecimientos de la vida, también en los que solo se nos mide a nosotros y la cita parece absolutamente individual, hay alguien que estuvo a nuestro lado para que llegásemos allí. Un entrenador, unos profes, una familia que supo cumplir callada y constantemente, acompañando, corrigiendo y animando para que diésemos lo mejor de nosotros mismos haciéndonos ver que eso es lo que, independientemente del resultado, nos hará llegar con honestidad a la gran final.

A las puertas de la última evaluación, cuando el cansancio se acumula y todas las urgencias asociadas al final de curso se hacen evidentes, hay demasiadas aulas con estudiantes estresados que sufren de ansiedad, incapaces de controlar los nervios. Hay niños que tienen pánico a defraudar y otros que no pueden soportar que su compañero les supere en nota. Los hay carentes de autonomía, acostumbrados a que alguien les resuelva los problemas y muchos pequeños desmotivados o, aún peor, sobreestimulados, agotados por la carga de actividades extraescolares e incapaces de centrarse en una sola cosa. Y hay siempre muchos alumnos a los que el toro pilla porque han hecho del “ya lo estudiaré, tengo tiempo” su máxima durante el curso creyendo que una última semana sin dormir les llevará a convertirse en Larry Bird.

Para algunos padres y educadores todo este barro es fruto de un sistema que obliga a enfrentar a los chicos a una calificación académica o un examen puro y duro en el que jugárselo todo a una carta, porque no hay una verdadera evaluación continua. Al margen de la eficacia o ineficacia de los exámenes, lo cierto es que nuestros niños deberían estar preparados para responder a situaciones como estas porque van a encontrárselas cada día en las muchas y duras convocatorias que nos va poniendo la vida y en las que, lo queramos o no, uno aprueba o suspende, pasa o no pasa el corte, gana o pierde el partido. Por eso es importante que las estrellas que podamos ir poniendo en su camino no tengan que ver con evitarles una situación difícil, sino con prepararlos lo mejor posible para ella, porque seguramente no podremos evitar que llegue.

  Como los grandes entrenadores, tal vez deberíamos estar ahí siempre, no solo en época de exámenes y para medir todo en resultados. Y deberíamos aprender a estar sin presiones ni castigos, ni tan siquiera premios. Solo con la constancia y la ilusión de quien acompaña y alienta el trabajo diario, animando a progresar, a superar los fracasos e imponerse nuevas metas, sabiendo que el triunfo no tiene por qué ser invariablemente ganar el partido. Puede ser tan solo avanzar en lo conseguido, hacer una mejor puntuación y dar, siempre, lo mejor que uno tiene.

Porque ningún preparador reprenderá a quien haya acudido con ilusión y constancia al entrenamiento cada uno de los días, con lluvia o con sol. Y mucho menos a quien, con toda la humildad del mundo, haya intentado sacar lo mejor que tiene para dejarse la piel en la cancha, aunque no consiga meter una sola canasta.

De Barro y Estrellas