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Nadal, La Fortaleza

Rafa Nadal

De nuevo el deporte ayuda en la formación humana a través de valores muy concretos, porque es en los deportistas en quienes tienen sus referentes los más pequeños y porque de nuevo es la actualidad deportiva lo que nos pone en la pista del rostro al que mirar, el esforzado semblante de Rafael Nadal volviendo a los entrenamientos después de la imagen de París que nos dio, otra vez, razones para tomarlo como ejemplo.

 Y es que, a pesar de venir de lo más alto, a Nadal no parece importarle que la hierba de Wimbledon no sea su terreno más favorable o que no haya ganado en este Grand Slam desde hace 9 años. No necesita siempre la corona. Lo que se adivina en él es la necesidad del reto, la oportunidad de medir sus fuerzas una vez más, creyendo en sus posibilidades a pesar de ser muy consciente de la dificultad.

“Lo único imposible es aquello que no intentas”, parece decirse este hombre, paradigma de la deportividad gracias a su fortaleza de ánimo y su capacidad de lucha, a la humildad que demuestra tanto cuando gana como cuando pierde, al respeto que mantiene por el rival y a esa humanidad que tiende a desprenderse de sus actitudes y que parece escapársele por los poros delante de nuestros ojos, aunque solo le miremos a través de los medios de comunicación.

Hoy, cuando vuelve a querer medirse en una durísima competición, nos viene a la cabeza la enseñanza más admirable de su última gesta, la gran fortaleza mental que le ha llevado a conquistar la duodécima Copa de los Mosqueteros en Roland Garrós, tras unos meses en el dique seco, sin casi levantar un trofeo en toda la temporada, con dudas sobre su juego, lesiones, y la falta de expectativas de muchos medios de comunicación que, hasta la victoria de Roma, parecían querer apartarlo ya de los grandes títulos.

No era para Rafa la primera vez que esto pasaba. En 2015 tuvo un duro año de desencuentros, con su cuerpo, con los títulos y con todo lo que fueran buenas sensaciones en la pista. No ganó nada después de serlo todo, pero no lo dejó. Mantuvo la fe, siguió luchando y trabajando duro, convencido de que aún podía remontar. Y así ha ocurrido este año. Después de uno de sus peores momentos anímicos, después de empezar a ver que se le escapaban uno a uno todos los torneos, Rafa decidió reinventarse, cambiar el chip, comenzar a fijarse siempre en la parte positiva de las derrotas, las lesiones, las caídas. Se apoyó en los suyos sin complejos, consciente de lo que debilita la soledad y, poco a poco, el prisma desde el que mirar la derrota se convirtió en su fortaleza: Es verdad, estoy mal, pero estando mal he conseguido llegar a cuartos… Es cierto, no gano, pero casi, porque he llegado a semifinales.

Fue esa portentosa mentalidad, unida a la perseverancia y a la humildad de encajar las derrotas, lo que ha devuelto la gloria a Rafael Nadal que, al recoger el ansiado trofeo del Roland Garrós, volvió a recordar con agradecimiento lo vivido sin olvidarse de recalcar la humanidad de su rival al que destacó por su extraordinario juego, pero sobre todo por ser ejemplo para los niños y una de las mejores personas del circuito.

¡Toma lección! Nadal, La Fortaleza, manteniendo la mirada en lo que importa: en el hombre que hay detrás del rival, en lo mucho que uno necesita apoyarse en los demás y en la capacidad de sobreponerse a la dificultad. Por eso hoy, cuando se prepara otra vez y sin dramas para ganar o perder en Wimbledon, haciendo de la lucha y la fortaleza de ánimo su mejor arma, es Nadal quien se convierte en ejemplo para nuestros niños, no solo en el deporte sino en la vida. Sobre la hierba en la que entrena parece estarnos recordando que uno no es merecedor de todo, sino luchador de todo, que debe mantenerse la ambición medida para no sobrepasar al propio ego y que solo creyendo en nosotros, a pesar de nuestro barro, podremos llegar a brillar como auténticas estrellas

Esa es su gran ventaja. Aún cuando el camino al podio de Wimbledon se adivine difícil, Nadal sigue creyendo en lo posible, trabaja por lo posible sin rendirse y con la mirada fija en lo que hace crecer.  Por eso se ha convertido en el mejor deportista español de todos los tiempos y por eso aglutina todos los afectos. No hay duda, no es solo su juego. Es su extraordinaria personalidad, y sobre todo su calidad humana, lo que nos lleva a animar a nuestros niños a convertirse en Nadales de la vida: hombres y mujeres con fortaleza de ánimo, capaces de sobreponerse y encajar con humildad todas sus derrotas, para alcanzar la grandeza personal que les lleve a seguir luchando, a creer en ellos mismos y en que todo es posible cuando se intenta.