Puedes…

 

Puedo hacer como que no oigo, como que no veo. Cerrar la puerta de tu cuarto cuando en la silla empiecen a acumularse las camisetas. Enchufarte a la wifi horas interminables porque me merezco un descanso y, al fin y al cabo, tú también tienes que jugar. O retirarte el plato de la mesa a la mínima protesta por no ponerme a pelear.

Si soy tu profe, puedo cumplir estrictamente con mi horario, con el temario y las competencias del currículum y marcharme a casa con la conciencia tranquila, seguro de haber hecho lo posible.

Puedo exigirte lo mismo que a todos, sin pararme a pensar en lo que eres o lo que anhelas. Sentirme saturado, saturada, hasta arriba de frustrantes órdenes no cumplidas, impaciencias acumuladas y voces más altas de lo normal. Puedo incluso compartimentar mi vida para ejercer solo a ratos. O tirar la toalla cada una de las veces, dejar que todo pase como quien cuenta con los días preceptivos para superar una enfermedad benigna contra la que poco o nada se puede hacer. Poniendo en cuarentena lo que me supone un esfuerzo añadido para ver si acaba corrigiéndose sin más.

A veces ocurre. La edad va poniendo en su sitio las cosas, aunque son muy pocas las que se construyen por sí mismas. Solo las que, por imitación, repiten esquemas que,  ahora mismo,  instalados en nuestro barro y a punto de lanzar la toalla, no querríamos ni por asomo reflejar.

Es cansado, la verdad. A corto plazo, ingrato. Incluso agotador a días.

Pero también es enorme y sorprendente, ilusionante y pleno de alegrías si, además de una razonable dosis de responsabilidad, hay brillo en nuestra forma de mirarlos, una dulce chispa de asombro por la vida que pide paso a nuestro lado y que necesita nuestro aliento y nuestras ganas de luchar.

Solo atentos a lo que les ocurre, vigilantes en lo que les tienta, entregados a lo que necesitan, les duele o les anima, podremos acompañarlos a buen puerto. Son ellos quienes deben navegar, pero tenemos que capitanear su barco y corregir con cariño y paciencia sus rumbos equivocados hasta que ellos mismos sean capaces de hacerse con el timón.  Y estar ahí. Y no rendirnos. Y quererlos a ellos más que a nosotros mismos para ponernos al servicio de la aventura más grande de nuestra vida, el proyecto más ambicioso y apasionante que un ser humano puede tener, el de acompañar a otro en sus sueños y esperanzas para alcanzar, creciendo, un futuro mejor.

Puedo rendirme, es verdad. Pero también puedo empeñarme en sembrar de estrellas su camino y ayudarle a trazar en ellas el rumbo de su vida. Y seguir remando, siempre.

Fdo.: Comunicación Corazón de María