Esfuerzo inspirador

El profesor estadounidense Howard Gardner, conocido mundialmente por su formulación de la Teoría de las Inteligencias Múltiples, ha señalado en más de una ocasión que ser inteligente no lo es todo, hay que tener pasión, motivación y entrega. Es más, después de estudiar a personajes extraordinarios de la Historia, el profesor concluía que todos habían trabajado fuertemente durante años, aunque quizá disfrutando tanto de lo que hacían que no eran conscientes de su esfuerzo.

Es verdad que la definición de la cultura del esfuerzo ha cambiado. Y menos mal que lo ha hecho, porque ya no tenemos por qué ligar el trabajo duro a una mal entendida obligación de aprender, comprendas o no los conceptos, y al sufrimiento que conlleva hacerlo sin motivación ni ganas.

Por otro lado, aunque avance la pedagogía, nada podrá cambiar una realidad mayor: el esfuerzo debe formar parte de la vida. Y es que, nadie discute la conocida frase de San Pablo “El que no trabaja no come” que, al margen de su origen, es considerada una realidad universal suscrita por pensadores de épocas y corrientes muy dispares.

Es evidente entonces que el valor del esfuerzo no está en que se considere en sí mismo un fin, sino en que sea el medio para superar los obstáculos, descubrir nuestros recursos y, lo que es más importante, alcanzar las metas que soñamos, las que deseamos, entendemos y pueden llegar a apasionarnos contribuyendo a dar sentido a nuestra vida.

Como padres y educadores estamos obligados a reflexionar sobre el concepto que tenemos del trabajo en nosotros y en nuestros niños, sobre el tipo de esfuerzo que exigimos, nuestra asunción de las posibles frustraciones y fracasos y la motivación que trasladamos al espejo en el que ellos se miran. Y en el que, por cierto, se refleja todo: el barro y las estrellas.

El compromiso, la tenacidad o la exigencia personal deberían llegar siempre después de la inspiración que mueva a nuestros niños a querer ser, a querer aprender como algo no forzado y, por supuesto, no con el fin de saber más, sino en el camino de saber para. Alcanzar sus deseos y aspiraciones dependerá entonces de su curiosidad y su entusiasmo y hará que las horas que inviertan en lograrlo se conviertan en minutos estimulantes, que los fracasos se entiendan como nuevos aprendizajes y correcciones en la ruta y que cada nuevo y sincero esfuerzo se traduzca en satisfacción interior por un trabajo bien hecho, independientemente del resultado.

Inspirar no es fácil, desde luego. Pero hay que intentarlo. Tratar a cada uno por lo que es, alimentando sus potencialidades y despertando pasión, vocación o entusiasmo, podría ser el primer paso. El segundo, mostrarles que solo con dedicación se llega a la meta y que intentarlo con tesón forma parte de un horizonte mayor, el de la propia libertad que se alcanza cuando quien lucha por algo sabe que lo hace porque verdaderamente merece la pena.

 

Fdo.: Comunicación Corazón de María