Paz con estrella

Paz y estrella

En todos los colegios se preparan para celebrar por estas fechas el Día de la Paz. Suele ser a finales del mes de enero, coincidiendo con la conmemoración de la muerte de Mahatma Gandhi, y son miles las acciones, los recursos y las dinámicas que invaden patios y aulas. Hay suelta de palomas, globos blancos, coreografías de manos al aire, vistosas escenografías en las que la palabra Paz se construye con los cuerpos de los alumnos tendidos sobre el suelo en distintas posiciones. En las clases se leen poesías, se habla de los grandes hombres constructores de la paz, se recuerdan sus vidas y su ejemplo en un tiempo en el que los gestos individuales se volvieron auténticos revulsivos para sociedades que aprendieron de ellos y se unieron a esa contradictoria forma de entender la lucha a través de la paz.

Son días en los que se aprovecha también para hablar de la economía de la guerra, los niños soldado, los movimientos migratorios y las muchas derivas que la ausencia de paz genera en tantas vidas. Se cantan canciones, se reza por la Paz, incluso se escenifica con un gesto entre los muchachos, que sienten de veras la importancia de lo que significa la palabra.

En ocasiones llegan a casa y son afortunados porque ese clima representado profusamente en el colegio se corresponde con el buen ambiente hogareño y la generosidad pacífica de quienes se encuentran a su lado. Otras muchas veces no hay tanta suerte y lo que hallan es bronca televisiva, la enorme violencia verbal que se prodiga en gargantas y teclados y los individualismos que provocan el eterno enfrentamiento de las vidas.

Para combatirlo también hay quien va más allá y ha desterrado las pistolas de los juegos infantiles, prohibiendo los videojuegos con escenas crueles y empeñándose en educar en una no-violencia militante, alegando que con voluntad se puede evitar el conflicto.

En cualquier caso, y siendo tremendamente importante y enriquecedor cuanto se hace por descubrirles la cultura de la paz, se corre el riesgo de caer en contradicciones o quedarse en la superficie. Pocas veces se les invita a descubrir la paz interior, a irradiar paz individualmente porque uno hace las paces consigo mismo y a construir una paz nacida en lo profundo, de una emoción sentida, no de una palabra.

Sería trascendental sentarse a reflexionar sobre lo que la paz tiene de reconciliación, lo que necesita de la bondad, la misericordia, el diálogo o el perdón. Pero sin obviar que también hay en cada uno de nosotros ira, frustración o envidia. Que existen el mal al que “combatir”, los nobles ideales por los que “luchar” o la legitimidad de defenderse. Que no solo hay palomas blancas o negras, sino muchos matices y que la paz solo se encuentra cuando se es consciente de todo ello y se aprende a gestionarlo con equilibrio. Tal vez descubriendo esa gran verdad que esconde el eslogan de “Haz el amor y no la guerra” Porque en hacer Amor, con mayúsculas y sin artículo, podría estar el verdadero quid de la cuestión.

Poniendo más amor y generosidad en las relaciones personales se puede estar más cerca del pacifismo, incluso vistiendo un uniforme de soldado. Y, por supuesto, parándose a sentirse profundamente amado y agradecido para descubrir, al reconocerlo, que hay paz y alegría en nuestros corazones, aunque vivamos en la turbulencia de un mundo lleno de enfrentamientos y contradicciones.

Son importantes los gestos, sí, pero también la búsqueda interior en la que deberían acompasarse familia y escuela. Y en ese sentido, se haría más interesante invitar a las familias, no a ver el espectáculo del patio en el Día de la Paz, sino a contribuir de un modo práctico a despertar en los niños la necesidad de sentir lo que encierra la palabra. De nuevo, no con gestos sino con tiempo invertido en conversaciones sobre los profundos mecanismos que encierra. Y con auténticos sentimientos y convicciones que, a la manera de las grandes biografías que se leen estos días en el cole, les sirvan de ejemplo. Eso sí, mucho más cercano y clarificador.

Solo puede irradiarse paz en una sociedad con ciudadanos de corazones pacificados. Y a veces lo gestos no hacen sino distraer e impedir la visión de lo que podría tener trascendencia real en sus vidas, la estrella de la paz que debería nacer antes que nada en cada uno de nosotros y a pesar de nuestros muchos barros.

Al menos, el anhelo de esa estrella, que no es poco.

 

De Barro y Estrellas