La Escafandra del Humanoide

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Muchos son los que han percibido ya el desastre emocional de esta pandemia. Algunos incluso de un modo dramático al no poder hacer cosas tan humanamente necesarias como acompañar en la enfermedad o despedir a un ser querido. Es más, aunque se hayan levantado algunas restricciones, no parece ésta una nueva normalidad para la ternura. Casi no nos tocamos, vivimos hace tiempo sin abrazos ni besos y hemos perdido la sonrisa escondiéndola detrás de una máscara que apenas nos permite respirar un aire enrarecido y denso. Y no precisamente por el virus.

Hay demasiado miedo en el ambiente. Demasiada incertidumbre, demasiadas contradicciones y una creciente desinformación a fuerza de estar hiperconectados. Y, desde luego, hay un aire de escafandra en la forma en que algunos han decidido lucir la mascarilla, ese complemento que formará parte de nuestro atuendo mucho más tiempo del que imaginamos y que podemos portar de muchas maneras. Corremos el riesgo de deshumanizarnos a fuerza de protegernos como si el medio fuese tan hostil que necesitásemos vestir permanentemente un traje de una sola pieza coronado por un  casco hermético de cristales tintados y nuestros vecinos, familiares o amigos se hubiesen transformado en un seguro foco de contagio, los posibles portadores de una enfermedad letal y, por tanto, la amenaza que rehuir y a la que señalar.

En algunos portales no se comparte el ascensor hace tiempo, y resulta entendible si el habitáculo es pequeño, pero hay vecinos que apenas se saludan temiendo que, con el hola que les devuelvan al cruzarse en la escalera, se escape una gotícula infecciosa capaz de traspasar las mascarillas. En las relaciones con los mayores, nadie se atreve al mínimo roce, por si con la caricia realizada a la manga de un jersey se deposita un rastro transferible. Y qué decir de la noticia de un contagio en el trabajo o el colegio. Inconscientemente son demasiados los que repudian el entorno del contagiado, desconfiando de las pruebas hechas a sus amigos y cercanos y de la licencia otorgada para salir a la calle, incluso aunque hayan cumplido rigurosamente el período de cuarentena.

Todo es nuevo y desconcertante. Y el miedo es libre. Pero, apelando a la prudencia, a la responsabilidad y al cuidado extremo para no propagar la enfermedad, no deberíamos dejarnos arrastrar por la deriva peligrosa y deshumanizante de la escafandra, no vaya a ser que, a fuerza de querer esquivar la enfermedad y la muerte, dejemos de vivir.

El ser humano necesita hacer físico el sentimiento del amor, necesita manifestarlo con el tacto, hacerlo evidente y demostrable a través de los abrazos, las sonrisas, las caricias y los besos que ahora damos con miedo y cuentagotas. Un apretón de manos, un fuerte abrazo, pueden llegar a transmitir tantas cosas que resulta difícil renunciar a ello de por vida. Y no nos engañemos, quizá la Covid-19 desaparezca, pero surgirán nuevas amenazas, otros virus que nos obligarán a hacer de la mascarilla el complemento imprescindible para la vida.

No queda más remedio que convivir con este barro vírico y aprender a sobrellevarlo pero, al hacerlo, deberíamos empeñarnos en no perder un ápice de humanidad y en no dejar de buscar estrellas en la mirada de la gente. Deberíamos dar ejemplo a nuestros niños, enseñarles que, a pesar de la amenaza real de la enfermedad, no podemos convertirnos en escafandras ambulantes, herméticas y completamente aisladas de lo que ocurre a nuestro alrededor. Y no podemos vivir siempre en burbujas sin hacer eso tan humanamente necesario que es querernos, llorarnos o apoyarnos a través del contacto.

Tendremos que tirar de creatividad para buscar nuevas y seguras fórmulas de interacción con otros. Tal vez mejores desinfectantes que nos permitan volver a tocarnos, test eficaces para detectar la enfermedad o marcadores de tiempos de incubación y contagio fiables. A lo mejor nos corresponde inventar nuevas maneras de acariciarnos, como lo hicieron aquellos lejanísimos antepasados nuestros que descubrieron en el roce de los labios la expresión más deliciosa del amor en la intimidad.

Algo habrá que cavilar. Lo que no podemos es conformarnos con estar sin abrazarnos permanentemente, sea del modo que sea. Y mientras todo eso llega, mientras espoleamos a nuestros pequeños a convertirse en hombres y mujeres creativos, a formarse para alcanzar el objetivo que como sociedad nos corresponde, no dejemos de animarles a la ternura. Porque el amor es lo más valioso que tiene el ser humano. Y, aún con la mascarilla puesta, se puede ensayar una sonrisa en la mirada para cada una de las emociones compartidas. Digámosles que sean cautos, pero no les privemos de abrazar a sus abuelos si están sanos. Hablémosles de la importancia de lavarse o guardar la distancia de seguridad, pero expliquemos inmediatamente que no podemos dejar de sujetar a quien lo necesita sólo por no acercarnos. Hablemos con ellos de la empatía, tan necesaria para comprender que un compañero está enfermo como podríamos estarlo cualquiera de nosotros. Y pongamos siempre por encima de todos los resguardos la ternura. Seguramente nadie querría prolongar mucho una vida exenta por completo de ella, porque no somos nada sin los otros y necesitamos decírselo y que nos lo digan.

Si de momento sólo puede ser con la mirada, ensayemos la más tierna, pongamos el amor en las palabras y conservemos la sonrisa tras la mascarilla mientras nos deshacemos de la escafandra.

De Barro y Estrellas