La Esperanza de la Ancianidad

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Si ha habido un protagonismo claro en este tiempo de pandemia es el que ha devuelto a las personas mayores a la primera plana de la actualidad y no sólo a la de las noticias que nos hablan de contagios, fallecimientos o la dificultad para sortear en soledad esta trágica batalla. Hablamos sobre todo de su indiscutible protagonismo en todas las vidas. Las de los que han tenido que cuidarlos. O las de las familias que querían verlos y no debían, que los sentían solos y aislados y poco podían hacer por remediarlo. Peor ha sido para los que han tenido que dejarlos a la puerta de una residencia o un hospital durante un angustioso tiempo o los que ni siquiera han podido celebrar un funeral para despedirlos.

Lo cierto es que los mayores han estado presentes en todas las noticias, en las recomendaciones, en las normas y protocolos de seguridad, en todos los debates de las redes sociales. Incluso quienes ya no tienen ninguna persona de edad en su círculo más íntimo se han visto espoleados a fijarse en los rostros de aquellos mayores que viven cerca, con los que comparten escalera y portal, los que acuden como clientes a sus trabajos o los que simplemente se han asomado a la ventana del edificio de enfrente durante el confinamiento. Quien más o quien menos, todos hemos vivido con preocupación la vulnerabilidad de estos hombres y mujeres de nuestro entorno que tantas veces permanecen invisibles a nuestros ojos o diluidos en la rutina de sentirlos disponibles y sin más necesidad que la de una visita de cuando en cuando.

Qué buena oportunidad también ha sido ésta para darnos cuenta de la gran labor que hacen en nuestra sociedad, lo mucho que participan en nuestras vidas, aliviándonos más de una carga, y lo importante que su presencia es también para los más pequeños de la casa que, de pronto y acostumbrados a tenerlos cerca, han tenido que vivir su ausencia por primera vez. Y quizás, también por primera vez, una preocupación real por la salud de un ser querido o la presencia de la muerte en sus vidas.

Y es que, para muchos niños y niñas los abuelos son hoy sus cuidadores más cercanos, los que les recogen en el cole, les preparan la merienda o les ayudan con los deberes a la espera de que papá o mamá lleguen del trabajo. Son también los grandes lectores de cuentos, los que más mimos proporcionan y los que más propinas y chuches reparten, de eso no hay duda.

Pero son mucho más que eso, así que este tiempo que hemos pasado preocupados por ellos debería disponernos a ensalzar ante los pequeños la importancia de su presencia en nuestras vidas. Y la mucha esperanza que hay en la ancianidad, a pesar de su apariencia vulnerable y su cercanía con la muerte.

La imagen de la esperanza se asocia siempre a la de un brote verde, los primeros pasos de un bebé o la extraordinaria imagen de un amanecer. Sin embargo,  pocas veces caemos en la cuenta de que en el atardecer hay una esperanza en cumplimiento, la certeza de que otro día fue posible.

Ahí es donde están las personas mayores, en el atardecer de su camino y con las manos y los corazones llenos de experiencia para dar. Sólo tenemos que dejar que lo hagan, para que lo que compartan con nosotros se convierta también en semilla, en los nuevos brotes que un día germinarán en otras vidas, ojalá tan largas y fructíferas como las suyas.

Es verdad que a veces no es fácil acercarse a ellos, que algunos se han vuelto huraños, que sus achaques o su carácter hacen difícil la convivencia, que están enfermos o impedidos de algún modo. Explicar a nuestros pequeños que no siempre fueron así, hablar con cariño y respeto de sus luchas y poner en valor lo que hicieron en sus vidas y por las nuestras será entonces un deber inapelable.

Pero si es posible, y aún en la dificultad, ojalá estos días nos hayan despertado el deseo de compartir con nuestros mayores tiempo de conversación y vida, haciéndoles partícipes de nuestro caminar, no como meros espectadores sino como compañeros de un camino cuyo barro ya conocen porque lo recorrieron primero, quién sabe si alumbrados por las mismas estrellas. No podemos olvidar que acertaron o fracasaron antes que nosotros. Rieron y lloraron. Mucho antes de nuestra existencia fueron hijos, nietos y padres. Aprendieron, trabajaron, lucharon, amaron y sufrieron. Han mirado a la muerte de cerca, cuidaron de otros mayores y siguen dando sus vidas con generosidad por aquello que aman y en lo que creen.

Si nos dejamos empapar por sus experiencias, si regalamos a nuestros niños su tiempo y compañía, todos aprenderemos de la infinita vitalidad de sus historias, la honestidad con la que la que son capaces de compartirlas y la hermosura que sus rostros destilan cuando conocemos lo que cinceló sus arrugas o tiñó de blanco sus cabellos. Nos regalarán ternura, porque saben de la importancia del amor;  transparencia, pues sus ojos han aprendido a mirar mucho más allá de lo aparente y un conocimiento  necesario y muy valioso, el mejor ejemplo también para nosotros.

La mayoría, además, nos regalarán sus sueños, anhelos que los atan a la existencia con una sabiduría cautelosa, la que los años otorgan a quienes siguen aspirando a las pequeñas alegrías, la paz del corazón y el amor que genera nueva vida.

No puede haber mayor inspiración para las nuevas generaciones. Ni mejores maestros de la vida.

 

De Barro y Estrellas