La Navidad más auténtica

Navidad2020

Que nadie se lleve las manos a la cabeza, que el coronavirus no va a lograr robarnos la Navidad, ni siquiera un pedacito de la misma. Lo que sí va a hacer es darnos la oportunidad de explicar en casa que lo que la mayor parte de la gente entiende por Navidad es sólo la manifestación externa de una alegría interior, una certeza desbordante y misteriosa con la que nada ni nadie puede acabar.

Estas serán sin duda unas navidades diferentes. Aún persiste en muchas casas la incertidumbre sobre la forma de celebrar de este año. Podremos ser menos, dejar de reunirnos con algunos, incluso prescindir de lujos, caprichos y regalos para los que antes siempre encontrábamos justificación en estas fechas. Pero nada podrá impedir que dispongamos nuestro interior y hagamos sitio al Niño que nace y a su extraordinaria propuesta.

Y es que deberíamos aprovechar este tiempo para reflexionar sobre algo que a veces se pierde entre tanto festejo: la auténtica Navidad acontece en el interior y lo hace de un modo personal e intransferible. Es, de hecho, una invitación absolutamente personalizada que traza caminos diferentes para cada uno porque parte de ubicaciones concretas y un tiempo real, aquél en el que se encuentra el corazón al que interpela. Es una oferta única porque, aunque alcanza a todos, se revela a cada ser humano, invitándonos uno por uno a hacer de nuestro corazón pesebre para acoger lo más humilde pero también lo más enorme, lo que nos acerca a Dios.

Es el deseo de que nuestro barro se torne estrella, la esperanza en medio de las muchas crisis personales y familiares. Es la fortaleza del amor del otro y al otro, también la que nos lleva a no visitarlo estas navidades para no ponerlo en peligro o hacerlo visible entre tanta indiferencia. Es sentir cerca y próximo a cada uno de los seres humanos a pesar de la distancia física o social. Es desear lo bueno no sólo en las vidas, sino en el alma de todos. Y convertirse en bálsamo para tantas y tantas heridas en un año muy difícil para el que, además, habrá que arremangarse y disponerse a cerrar las cicatrices.

Es, sobre todo, comprender que la gloria de Dios se manifiesta en lo pequeño y que viniendo al mundo en un pesebre, dependiendo del sí de María, una mujer como nosotros, este Niño-Dios que se revela en la Navidad consigue hacer enorme al ser humano y devuelve toda dignidad, toda esperanza y toda fortaleza al corazón del hombre, tan necesitado de un Amor sin tiempo ni edad, condiciones ni final. Esa es la extraordinaria propuesta, la del Amor por encima de todo y a pesar de los tiempos difíciles.

Ayudemos a nuestros niños a ver toda esa grandeza, a dejarse sorprender por el gran misterio que encierra y transmitirlo a los demás. Y expliquémosles que al sentir arder por dentro nuestro corazón y percibir que la alegría nos desborda porque ha calado esa Buena Nueva, es lógico querer salir a celebrarlo, siempre que se pueda, y hacer real en nuestras vidas ese mismo encuentro con los otros.

Es cuando hay cuna y calor de Recién Nacido en nuestro corazón cuando necesitamos exteriorizarlo. De ahí los adornos y las luces, las reuniones familiares, los regalos y las fiestas. No hacen sino responder a la celebración de un acontecimiento que ha de producirse en el interior de cada uno y que es previo a todas las manifestaciones navideñas que lo acompañan. Lo que pasa dentro de nosotros es lo que nos mueve a celebrar. Y no ocurre nada porque este año tengamos que posponer la celebración o lo hagamos de un modo más austero, menos numeroso y más seguro.

Lo que no necesitamos hacer, ni con la excusa de la pandemia ni nunca, es dejar que esa enorme oportunidad de renovarnos por dentro se esfume porque no haya brindis ni manjares compartidos en grandes mesas.

Habrá Navidad, claro que sí. Porque habrá corazones restaurados, fortalecidos y llenos de esperanza, dispuestos a acariciar y celebrar de otro modo y a pesar de las ausencias.

Y aunque las formas tengan que ser más discretas, si dejamos nacer a Dios en nosotros nadie se sentirá solo. Brotará una alegría genuina que podrá con la pena y la distancia y nos llenará de ganas de amar auténticamente, sin necesidad de más adornos que la luz que irradia un corazón pleno de Navidad.

 

De Barro y Estrellas

 

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