Celebrar la Vida

En este mes de agosto son numerosos los pueblos que celebran sus fiestas patronales llenando de música sus calles, engalanadas y felizmente rebosantes aunque sea solo en estos días.

Cualquier celebración puede presentarse como oportunidad para contagiarnos de alegría y para transmitírsela a nuestros pequeños, demasiadas veces salpicados por nuestras frustraciones, desánimos e infortunios que amenazan con instalarse en su semblante, forjando su carácter y su forma de mirar al horizonte.

Qué bueno poder contarles que en nuestros pueblos y ciudades ya hace muchas generaciones que se celebra la vida. A pesar de que sus tiempos fueran más  difíciles, de las duras condiciones o la falta de oportunidades, los hombres y mujeres que nos precedieron también encontraron motivos para celebrar, constituyendo la comunidad y las tradiciones que han llegado hoy hasta nosotros y con las que aún festejamos estos días.

Qué sano poder decir a nuestros niños la verdad: que hay hoy, igual que siempre, dolor y sufrimiento. Pero también amor. Y la alegría de sabernos únicos, privilegiados habitantes de una tierra que rebosa gratuidad.

Todo se nos ha dado generosamente porque antes de nosotros hubo Amor. Y hombres y mujeres que pusieron una mirada de realidad en nuestro mundo, lo hicieron más habitable con su esfuerzo y depositaron en sus luchas el entusiasmo necesario para salir adelante. Su historia, la de nuestros pueblos y sus gentes, puede contener un catálogo de calamidades, es verdad. Pero también de gozos y de enormes satisfacciones por lo poco o mucho conseguido y, sobre todo, por haber podido amar lo suficiente para desear futuro y nueva historia que escribir y festejar en comunidad.

Son muchas las generaciones que nos han enseñado a celebrar, a pesar de todo. Tal vez porque comprendían bien que no hay cosas fáciles, que la muerte forma parte de la vida, que la naturaleza no guarda un perfecto equilibrio y que hay maldades y tristezas que, a pesar de ello, no pueden ocultar un anhelo de eternidad en todas las miradas. Y la libertad precisa, en cada una de ellas, para optar por la bondad y la alegría.

Deberíamos poder decir sin miedo a nuestros niños que no son los más guapos, ni siquiera los más listos, que la vida no siempre es justa y que hay enfermedades, guerras y dolor. O tan solo pequeñas frustraciones, sinsabores y renuncias.

Sin dejar de alabar lo bueno que hay en ellos y en todas las cosas, deberíamos poder decirles que es verdad, que hay mucho barro, pero que no seríamos nada sin él, que forma parte de nuestra humanidad y que es imprescindible para alcanzar la eternidad y esas estrellas que también están en cada uno de nosotros.

Nuestros antepasados sabían eso como sabían que, a pesar de ello, nada podría arrebatarles la alegría porque se sentían, por encima de todo, afortunados. Tenían nobles y hermosos deseos que compartir, gente que les amaba y a la que amar, un imponente planeta que admirar y que cuidar y una hermosa historia que escribir. ¿No tenemos también eso nosotros?

Ellos sabían que estamos hechos para la alegría y por eso se empeñaron en enseñarnos a celebrar la vida, a festejarla y felicitarnos por lo mucho que hay de bueno en este mundo y en todos en nosotros.

Aunque a veces esto no sea fácil y ninguno seamos perfectos.

 

Comunicación Corazón de María

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