Las cifras del hambre

Acabamos de celebrar el Día Mundial de la Alimentación que la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (la FAO) proclamó hace más de 70 años con motivo de su fundación. Y aún estamos inmersos en las conmemoraciones del Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza, una fecha para la sensibilización promulgada por la Asamblea General de la ONU hace ahora 25 años. Como no podía ser de otra manera, y para cumplir con el objetivo de concienciación que se propone en estos días, ambas efemérides vienen acompañadas de cifras espeluznantes. 821 millones de personas padecen hambre en todo el mundo y los números, lejos de ir a menos, aumentan de forma alarmante a medida que pasan los años. Un 5% más en 2017 haciendo que el drama se agudice, como siempre, en los menores: 155 millones de niños padecen retraso de crecimiento y desnutrición aguda y a 52 millones de niños y niñas del mundo el hambre les mantiene ya claramente al borde de la muerte.

Eso no es todo. En el informe de Naciones Unidas se nos señala, además, el otro lado de la balanza que nos cuenta que 1.300 millones de personas padecen sobrepeso y obesidad. O que un tercio de los alimentos que se producen en el mundo acaban desechándose, tirados directamente a los cubos de basura y poniendo al descubierto la terrible paradoja de la desigualdad.

Podemos acercarlo más a la realidad de nuestro entorno: 1.229 kilos de alimentos,  es decir, una media de más de 23 kilos por persona procedentes de los hogares españoles acabaron en los vertederos en 2017. Y eso, unido a los desperdicios procedentes de la industria y la distribución alimentaria, suma un total de 7,7 millones de toneladas de alimentos despilfarrados el pasado año, una cifra que ha convertido a España en el séptimo país europeo que más alimentos desperdicia.

Ahí está el barro, pongámonos a trabajar con las estrellas, las cosas que están a nuestro alcance para que las cifras no sigan espeluznándonos año tras año sin que hayamos hecho nada para remediarlo.

Y en nuestro papel de educadores nada hay más importante que transmitir a las nuevas generaciones esta realidad y la responsabilidad personal que cada uno tenemos en su existencia.

¿Cómo? Pues no es fácil, sobre todo cuando nos resulta casi imposible poner menos comida en el plato, tan acostumbrados como estamos a asociar la cantidad con una buena alimentación. O cuando la comida se nos presenta o la entendemos como un objeto y no como un bien.

Cuántas veces hemos dicho, por ejemplo, a la dependienta de una conocida hamburguesería que no nos ponga las patatas porque el niño nunca las come y al final hemos cedido, abandonándolas sin abrir en el plato, porque económicamente nos sale mejor el menú que las incluye. Cuántos días tiramos de comida prefabricada por aquello de las prisas, dejando sin salida los productos perecederos y desechando una alimentación sana. Y cuántas veces, en un impulsivo arranque, compramos a toda carrera y nos encontramos con duplicados y hasta triplicados de alimentos en la nevera que acaban pudriéndose por falta de previsión.

La lucha contra el hambre no es algo lejano, tiene que ver con nuestro estilo de vida y, lo que es más importante, con una conciencia incesantemente despierta a la justicia y la equidad. Si con una cuarta parte de lo que se tira podría resolverse el problema del hambre en el mundo, no es decente ni humano seguir tirando. Y eso nuestros niños tienen que aprenderlo cuanto antes.

En nuestro día a día está enseñarles que lo que dejan en el plato no se puede aprovechar, que lo que se les antoja a primera vista no es siempre lo mejor para ellos ni para el planeta y que hay conductas y formas de consumir que atentan contra los derechos fundamentales. Hay que insistirles en que si escogemos los alimentos por su sabor y no por su estética, estaremos contribuyendo a que las cosechas se aprovechen en su totalidad y no se tiren las frutas y verduras sólo por ser más feas. Que si apostamos por una alimentación saludable estaremos favoreciendo nuestro bienestar presente y futuro. Y que si entendemos que la comida no es un capricho o un hábito sino un bien necesario que no llega a una parte importante de los habitantes del planeta, estaremos creando en ellos la mirada del ciudadano global tan precisa para comprender que lo que cada uno de nosotros hace repercute en la vida de todos.

Ellos, nuestros pequeños, serán los ciudadanos del mundo y es vital que sus conciencias se preparen para reflexionar sobre la justicia social, esa que nos dice que aunque no todos tengamos las mismas oportunidades nos amparan los mismos derechos fundamentales.

Y el derecho a la comida es quizá el más fundamental de los derechos.

 

 

Comunicación Corazón de María