La esperanza que transforma

Hay quien espera sin ilusión este tiempo de Navidad que se acerca, sin sorpresas, entendiendo que la historia se repite año tras año, que alguien aprieta el botón y vuelven a encenderse sin misterio las mismas luces, los anuncios burbujeantes y hasta las ganas de comer y consumir aceleradas en una carrera para la que el pistoletazo de salida  se da cada año antes y cuya meta ya se conoce.

Hay quien va un poco más allá y espera con cierta alegría la Navidad, porque es tiempo de reunión y de regalos, todo el mundo está de buen rollo, las ciudades se llenan de música, las mesas de ricos manjares y las casas y las calles de adornos hermosos que nos hacen vestir también el corazón de fiesta y la cabeza de buenos propósitos.

Y luego están los que sueñan, los que se atreven a aventurar, los que abren el corazón al Misterio de la Navidad y anhelan que les trascienda. Son aquellos que han aprendido a mirar el mundo con la profundidad del silencio, los que saben escuchar, los que escudriñan en su interior y aprenden a encontrar en todas las miradas un brillo nuevo mientras alimentan la espera con ilusión, intuyendo la luz que ese pequeño brillo será capaz de proyectar un día.

Son estos últimos los que han entendido que la esperanza es un acto de fe, que hay algo que va mucho más allá de nosotros mismos y que, aunque sea intangible o no sepamos nombrarlo, puede cambiar nuestro mundo si nos atrevemos a soñar que es posible.

En realidad, la historia de la Navidad ya fue un auténtico acto de fe. Porque fue el Niño de Belén quien soñó primero, quien lleno de esperanza se hizo humilde entre los hombres y, con una fe ciega en la raza humana, vino a proponernos Amor y Paz. Hoy son muchos los que sueñan con hacer presente esa propuesta en su interior y vivir una auténtica Navidad. Corazones capaces de proyectarse, de rebuscar en lo más profundo de su alma para sacar lo mejor de sí mismos y caminar hacia una tierra nueva con nuevas semillas que sembrar.

Dicen que es en la ilusión que ponemos en preparar un acontecimiento en donde se alimenta el gozo más auténtico. Animemos a nuestros niños a preparar su corazón, a construir una cunita para el Niño en la que cada buena acción se convierta en un elemento de ese pesebre invisible pero sentido y vaya confirmando su venida. Animémosles a encontrar dentro de sí mismos la esperanza, la ilusión y el deseo de hacer realidad el nuevo Reino que la Navidad propone. A ser capaces de conmoverse frente ellos mismos y frente al otro, a dejarse sorprender y mirar por encima del barro para encontrar las estrellas que alumbran el cielo de todos nosotros. Enseñémosles a distinguir las buenas semillas, a trascender, a ir más allá y a alimentar la ilusión con esperanza.

Cada año puede haber para ellos y para todos nosotros una auténtica Navidad porque podemos soñar con ser mejores, porque un mundo mejor es posible y porque la esperanza puede impulsarnos y convertir nuestros corazones en lugares de acogida cargados de sueños que nos den fuerza y nos transformen.

Entonces sí, trabajada la espera, las luces, los polvorones, los regalos y los adornos cobrarán su sentido y habrá que reunirse para celebrar por todo lo alto la auténtica Navidad, la que el Niño de Belén soñó para nosotros.

 

De Barro y Estrellas