Enamorados

Papá y Mamá están enamorados. No les salen corazones por los ojos o se pasan el día haciéndose cariñitos ni se ponen colorados cada vez que se miran. Puede que no se hagan regalos todos los años cuando llega el día de San Valentín ni se pasen la vida en las nubes pensando el uno en el otro. A veces ni siquiera llevan su foto en la pantalla del móvil y este día de los enamorados no irán a uno de esos restaurantes que ofrecen cenas románticas en pareja.

Y es que estar enamorado no implica obligatoriamente eso. Ni es exactamente, como nos pintan en los anuncios, sentir un vuelco en el corazón cada vez que el otro pasa, ni vivir felices y en un estado de bienestar permanente. Los enamorados también discuten, también lloran, tienen días malos y muchas aparentes prioridades que se cuelan en la relación. Como en la misma vida.

Pero sí, Mamá y Papá están enamorados. Lo sabrás porque verás que saben sobreponerse a estas cosas, porque hay complicidad y respeto entre ellos y siempre lo resuelven todo poniendo generosidad y comunicación para llegar más lejos. Porque han aprendido a dejarse su espacio, se perdonan y consiguen cada día hacerse nuevos para el otro, sacando de sí el barro que aprisiona para alcanzar juntos las estrellas poco a poco. Porque creen que la fidelidad es fruto de un amor profundo y de la libre decisión de entregarse sin reservas, porque su proyecto es común y les trasciende y porque hay en ellos la clara percepción de que el amor, el de verdad, no duele ni destruye, no se impone, saca lo mejor de cada uno, nos hace crecer y nos transforma en la mejor versión de nosotros mismos. Claro que tiene momentos difíciles, la felicidad no se alcanza a cada paso. Es la suma de unos instantes dichosos y otros menos buenos que te hacen apreciar lo que tienes. Incluso si Papá y Mamá fracasaran en su intento de sumar, sabrían quererse y respetar lo compartido para siempre porque, una vez, se amaron de verdad.

Sí, Mamá y Papá están enamorados. Se esfuerzan en convivir sin asfixiar, se ayudan a levantar de las caídas, se admiran aun en las pequeñas hazañas de lo cotidiano y están dispuestos a dar la vida el uno por el otro, a renunciar al pleno bienestar para sumar minutos de lágrimas y sonrisas, minutos apasionantes en todo caso que se convertirán en una historia tan preciosa como difícil, tan independiente como compartida, tan libre como anudada y tan fructífera como que tú estás aquí, enamorándote de la vida y guardando en tu corazón cuanto has visto para hacer con su ejemplo algo valioso.

Fíjate bien en este mes de los enamorados. Tal vez Mamá y Papá no se digan que se quieren, no habrá flores en el jarrón ni corazones pegados en la nevera. O sí. No importa, porque tú ya sabrás que lo esencial no es decirlo sino hacerlo y reconocerás en ellos la capacidad de transmitir al otro el amor que se tienen, más allá de las palabras, de los gestos y mucho más allá de este día.

 

De Barro y Estrellas