Ni príncipes ni ranas

Ni principes ni ranas

            Nada tan elevado o tan vulgar. Ni siquiera tocarán los extremos del aplauso o la crítica, la alabanza o el desprecio. Para pintarlo un pelín drástico, nuestros pequeños tampoco acabarán siendo propietarios de nada tan reseñable como una corona o una charca. Bueno, tal vez sí, pero no es lo habitual. Y, a pesar de ello, crecen sintiéndose verdaderos príncipes porque nuestra vida ha consistido en contemplarlos, adorar cada uno de sus gestos y alabar sus pequeñísimos logros cual si fueran dignos de reconocimiento internacional. Y, claro, cuando llega la bofetada de realidad algunos pasan al extremo de sentirse la rana más fea del estanque, la que jamás podrá llevarse el beso de la felicidad.

¿Por qué culparnos de tan noble aspiración? Es legítimo querer que tengan una infancia feliz, que no se frustren, que la afirmación de sus éxitos les anime a seguir creciendo, que se sientan acompañados en sus caídas sabiendo que nuestro brazo se mostrará presto a levantarlos. Corremos el riesgo, sin embargo, de pasarnos de frenada. Porque más de una vez detenemos nuestras vidas anteponiendo a todo sus necesidades o caprichos. No es solo que los protejamos en exceso haciéndoles vivir en un mundo muy distinto al que se encontrarán, es que, además, los convertimos en auténticos reyes de una casa que gira en torno a ellos y de la que, si todo es como debe, habrán de salir un día.

Y tendrán que hacerlo preparados para encontrarse solos con lo bueno pero también ante el fracaso, ante la frustración, el sufrimiento o la soledad. Sí, estaremos con ellos en la distancia y lo sabrán, pero seguramente ya no será suficiente nuestro vasallaje. Querrán que en el nuevo mundo que les rodea se reproduzca el patrón que han mamado: encontrar a la pareja que no viva más que para ellos, al jefe que alabe sus aciertos sin descanso o al amigo que constantemente acompañe el caminar. Querrán, además, que nada les estrese ni les falle y que todo sea tan fácil y feliz como esa infancia que les hemos regalado, segura y llena de momentos tan idílicos que amenazan con desembocar en adicción a la nostalgia. Y llegará ese día en el que caerán en la cuenta de que solo eran príncipes en su casa y ni siquiera son la rana a la que todo el mundo mira con curiosidad o repugnancia. Ni todo el barro ni todas las estrellas que al rodearlos llamarían la atención de cualquiera. De pronto ya no serán el ombligo del mundo. Tan solo personas corrientes en vidas corrientes, aterrizando en un hacerse mayor que consiste en comprender y amar también lo que la existencia tiene de rutinario, de poco extraordinario o incluso de trivial.

Porque a veces las vidas se vuelven un eterno segundo trimestre, sin festival navideño que ensayar, ni exámenes finales ni la perspectiva de unas largas vacaciones o el verano a la vuelta de la esquina. Sin primavera todavía, solo un día detrás de otro y del siguiente, sin nada que parezca sugerente para variar. Levantarse, estudiar, trabajar, volver a casa, hacer las tareas y acostarse, a veces sin que nadie les mire como les mirábamos en casa. Y no porque no se hayan ganado el afecto de muchas personas sino porque esas personas tienen montones de cosas que hacer, rostros a los que mirar y días corrientes que vivir.

Acostumbrados a ser el centro de una vida facilitada hasta el extremo, deberán construir su identidad en las periferias de lo cotidiano, conociendo que no son ni los más guapos, ni los más listos ni los que tienen un perfil social más atractivo en un mundo que además se afana en presentarles un tipo de felicidad a conquistar y la urgencia de alcanzarla a toda costa.

Por eso es tan importante adiestrarlos para una vida real, hacerles comprender que en el esfuerzo está casi siempre la conquista, que nada es fácil ni acaba en nosotros mismos y que hay una gran riqueza en salir de nuestro universo personal para dar con generosidad lo que tenemos, por sencillo que sea. Porque es al comprometer la vida en algo que merezca verdaderamente la pena cuando comienzan a brillar las auténticas puntas de la corona. Una corona de laurel que se conquista con esfuerzo, en días grises y charcas llenas de ranas, cuando uno es capaz de ver en lo más recóndito de la rutina, un horizonte cargado de sentido y esperanza. Y cuando es en lo sencillo o en lo difícil, pero en lo real y cercano, donde conseguimos amar lo que tenemos y dar gracias por ello. Al fin y al cabo, será en la mirada que ponemos en nuestra vida en donde construimos reino o encharcamos nuestras metas cometiendo el inmenso error de identificar lo normal con lo mediocre.

Hasta las vidas más sencillas pueden ser extraordinarias si nos empeñamos en elevar la mirada, ir mucho más allá y poner alegría y esperanza en cuanto hacemos.

Tal vez dependa solo de la perspectiva. Porque, al parecer y después de todo, es verdad que cada uno a su manera puede elegir ser príncipe o rana.

“En plena Edad Media un hombre se acercó a los canteros que trabajaban afanosamente en las obras de una catedral. Los tres picaban piedra y realizaban exactamente el mismo trabajo pero al preguntarles lo que hacían, todos respondieron cosas distintas.

El primer hombre, muy airado, afirmó que se desollaba las manos con el pico por un mísero jornal. El segundo, más afable y resignado, aseguró que aquella era una profesión digna que le permitía sostener a su familia. En cuanto al tercer cantero, tras pensarlo un instante respondió con entusiasmo:

-Soy un privilegiado. Construyo una hermosa catedral para gloria de Dios y honra de toda la humanidad» (Anónimo).

 

De Barro y Estrellas