Empieza en casa

Todo empieza en casa. Y comienza creyéndolo de veras para que pueda convertirse en modelo de comportamiento y ejemplaridad. Educar masivamente en la igualdad, con auténticos modelos de vida, desde la misma cuna y aun entendiendo que somos diferentes, debería ser suficiente para que en dos generaciones se desterraran la mayoría de comportamientos nocivos para una sociedad cansada del letargo que la cultura, la tradición, la socialización o la historia han ido imponiendo a las mujeres y que todavía en muchas casas unos y otras se encargan de acunar.

Es verdad que se ha avanzado y hoy en día hay debates abiertos en este frente que tocan absolutamente todas las sensibilidades pero, instalados mayormente en los extremos, poco ayudan a proyectar un futuro mejor para todos. Al menos no nos lo ponen fácil a los educadores, responsables de las nuevas generaciones y su forma de encarar este primer mundo en el que las desigualdades no son tan evidentes como en otras latitudes. Y al ser más sutiles y estar tan fijadas a comportamientos de normalidad, resultan mucho más difíciles de identificar y combatir. A estas alturas, parece además que uno no pueda quedarse en medio de un discurso en el que todo se aborda con una conciencia pendular. Politización o perspectiva de género, lenguaje inclusivo o sacar los pies del tiesto/a, leyes necesarias o discriminatorias, movimientos pro derechos inalienables o lobbys y feminihaters… Al final, pues eso, que si la abuela fuma… Que, por cierto, ya sabrán que no es por lo de fumar sino por ser abuela, en femenino. Total, que llega el 8 de marzo y no se sabe si ir a la manifestación o quedarse en casa, si sumarse al manifiesto o empoderarse en el sofá y hacerse con el mando de la tele que, por otro lado y según dicen, es donde reside el verdadero poder de un hogar.

Es lo manido de los discursos lo que nos hace olvidarnos de lo verdaderamente importante y, sobre todo, lo efectivamente útil. Hay mucho que hacer en este campo todavía, en todo el mundo y también aquí. Y es verdad que hay mucho que reivindicar, revertir y educar en este 8 de marzo en el que es justo alzar la voz por las que no pueden y recordar a todas aquellas mujeres que abrieron camino en una lucha por la dignidad humana en la que también fueron apoyadas por sus hombres. Porque esa es la cuestión. Esto nos corresponde a todos y es infinitamente más básico que los grandes gestos, aunque también sean importantes.

Es en casa donde se defienden estas cosas porque es en la primera infancia, no hay duda, donde se asientan los cimientos de la justicia y el derecho y se forjan las aspiraciones y los legítimos anhelos de todos los miembros de la familia sin distinción de género y sin necesidad de borrar del mapa todo aquello que nos diferencia y que, por fortuna, nos complementa. Sí, puede ser también en una manifestación, pero es sobre todo en el hacer de cada día y en el infinito respeto a la diferencia entre iguales, donde construimos relaciones basadas también en el respeto y la igualdad.

Saber que podemos luchar por nuestros sueños y creer en nuestras posibilidades porque tenemos referentes masculinos y femeninos para ello, conocer que podemos elegir aquello para lo que naturalmente estamos inclinados, sin obedecer a patrones, y actuar con libertad haciéndonos verdaderamente responsables de nuestro destino, son algunas de las cosas que se marcan a fuego en nuestro cerebro al ver y participar de los pequeños acontecimientos de cada día reflejados en la forma en que nuestros padres se tratan el uno al otro, en las actitudes que mantienen en casa y en esos hábitos más cotidianos de los que somos espectadores antes que nada.  Porque es en cosas tan pequeñas o tan aparentemente inofensivas donde se empiezan a labrar esos cimientos sobre el barro o las estrellas desparramados aquí y allá, para darnos la pauta y distinguir lo que es un comportamiento entre iguales, por mucho que nuestras tareas sean distintas. Escaqueos de fregadero o tendal, con justificaciones banales,  adjudicaciones desde el nacimiento al positivo de un imán cuyo negativo se ha pegado irremediablemente al mocho o la aspiradora, mandos de electrodomésticos aptos para todos los públicos o reuniones familiares en las que solo las mujeres se levantan a atender la mesa… Ojo, que no está mal que así sea si una ha elegido levantarse libremente, pero sería bueno explicar que este actuar obedece a una vocación de servicio hacia los demás en la que nada tiene que ver ser hombre o mujer y a la que estamos invitados a sumarnos todos. Hay muchas formas de organizarse en casa pero siempre deberían contemplar funciones similares y rotatorias para ambos sexos y explicaciones claras sobre las motivaciones para actuar con mayor implicación en las cosas. Porque también es importante enseñar que en nuestro derecho a elegir puede estar ser astronauta o dedicarse a la casa y a los hijos por entero. Que optar por tan insigne tarea, puede ser fruto de un instinto natural más arraigado y una respuesta a ese instinto, que no pasa nada por sentir las emociones de un modo diferente. Y que, en todo caso, tomada por quien se tome esa decisión u obedeciendo a sentimientos o necesidad, debe ser meditada y consciente, libremente elegida y consensuada con una pareja que lo respetará como lo haría con la más noble y difícil carrera profesional, reconociendo además todo lo que conlleva: la remuneración que merecería, las vacaciones o la imposición de límites a la jornada laboral, colaborando en todo aquello que exceda la lógica dedicación y compartiendo las tareas que la sobrepasen.

No hay techo si desde pequeños niños y niñas aprenden a respetarse y sus mentes se abren a soñar con todos los mundos posibles con independencia del artículo que acompañe a los calificativos de su nombre, su profesión o sus metas. ¡Vaya si es importante la tarea que tenemos por delante en casa!

De Barro y Estrellas