Ante lo sorprendente

Las agendas pueden descuadrarse con una facilidad pasmosa. Lo hemos visto con claridad en este tiempo de pandemia en el que hasta los planes mejor trazados se esfumaron de repente y nos vimos obligados no sólo a renunciar a lo que creíamos seguro, sino también abrir la mente a la nueva realidad e innovar para convertirla en asumible y manejable.

Estaba previsto sol y llegó la nube y descargó con fuerza pillándonos en sandalias. Así se presentó este virus, como en una tormenta de verano, repentina, negra y caprichosa. Y, con la sensación de lo imprevisto, nos ha dejado extraordinarias lecciones que podríamos transmitir a los más pequeños para que toda su generación recuerde que la vida es cambiante, sorpresiva y, lo más importante de todo, tan sencilla que gran parte de lo que hemos tenido que dejar, a la espera de que escampe, era prescindible o secundario.

Y es que, no viene nada mal de vez en cuando ese toque de atención que nos diga que no somos Dios, que no podemos controlarlo todo y que no hay ninguna seguridad imperecedera. Ya hemos hablado aquí alguna vez de la fugacidad de la vida y lo poco que podemos controlarla frente a la enfermedad o la muerte. Precisamente en este tiempo hemos tenido eso muy presente, por desgracia. Pero también hemos visto luz en lo imprevisto, incluso nos ha impresionado descubrir de lo que somos capaces.

Algunos, que jamás se había asomado a la cocina, se han convertido en pasteleros o panaderos de renombre en su familia o el portal. Están los que no habían cogido nunca un ordenador o una videocámara y hoy pueden sentirse orgullosos de haberse comunicado virtualmente con sus seres queridos o haber conseguido enviar los informes al trabajo con mucha más facilidad que cuando se acercaban al despacho del jefe.

Los que creían estar al límite de sus fuerzas han llegado mucho más lejos con una generosidad sorprendente y los que opinaban que sus trabajos no tenían ningún valor han rendido como si la vida de todos nosotros dependiera de ellos, convirtiéndose en los sencillos héroes de lo cotidiano. Los hay que han cortado el pelo a todos los suyos, han cosido mascarillas o se han leído un libro entero por primera vez, descubriendo aficiones que desconocían.

Y qué decir del cole, lo impresionante que ha sido terminar un curso que se vio interrumpido de repente y, sin poder ir a clase, haber conseguido seguir trabajando las materias, compartiendo con los compañeros y consultando con los profesores para, entre todos, terminar lo que habíamos empezado y hacerlo bien, además.

Pues eso, que la tormenta nos pilló de repente, todo parecía hacerse barro a nuestros pies pero en el cielo del confinamiento comenzaron a brillar tímidas estrellas que han llegado a sorprendernos con su luminosidad y su belleza.

Decía C.S. Lewis que “las dificultades preparan a personas comunes para destinos extraordinarios”. No hay nada más cierto. La precariedad puede resultar tremendamente inspiradora y la incertidumbre convertirse en valor cuando en lugar de sumirnos en el miedo y las inseguridades despierta nuestra creatividad invitándonos a descubrir, a luchar, a hacernos fuertes ante la adversidad. Cuando nos alienta a arriesgarnos, a emprender con autonomía y arrojo y ser valientes. Y cuando nos descubre que hay verdaderamente un don en salir de esa burbuja inviolable en que se convierte muchas veces nuestro entorno para abrir la puerta a nuevos mundos por explorar, incluso dentro de nosotros mismos.

No olvidemos este tiempo ni lo que hemos aprendido. Y cuando todo esto pase, no dejemos que nuestros cuerpos y nuestras mentes vuelvan a apoltronarse en la seguridad y se adormezcan en la rutina. Ellos, nuestros pequeños, nos observarán y se sentirán invitados como nosotros a permanecer alerta, a reaccionar ante lo imprevisto y dejarse maravillar por ello convirtiéndolo en oportunidad.

Porque los grandes marineros se forjan en las tormentas y, a pesar del riesgo y la incertidumbre, nada podrá hacerles sentir más vivos que el viento en la cara, la posibilidad de asombrarse ante un nuevo amanecer y el descubrimiento de esa extraordinaria capacidad que tiene el ser humano de fortalecerse, reinventarse y recomenzar.

 

De Barro y Estrellas