Ni regalos, ni salvoconductos ni juguetes.

Las recientes noticias sobre el aumento de abandonos de mascotas este verano nos anima a traer a la palestra un tema que tiene mucha miga educativa, no sólo para los más pequeños, sino para los adultos que les acompañamos en el camino de la vida y con nuestro ejemplo y nuestras acciones ayudamos a asentar las bases de su comportamiento.

Ni media palabra merecerían aquí los que se compraron por internet un perrito durante el confinamiento y ahora ya no lo quieren porque no necesitan excusa para salir de casa. Parece que la pandemia ha hecho engordar las cifras de abandono este año, no sólo por la cosificación de los animales, convertidos en salvoconductos para algunos, sino porque muchos dueños han fallecido y los propietarios, enfermos o confinados por su cercanía con el virus, no han podido hacerse cargo de sus mascotas mientras el sistema no ha sabido o no ha conseguido hacer frente a esta necesidad. Se da la circunstancia, además, de que las perreras han estado cerradas y se han detenido las adopciones de perros y gatos, mientras aumentaba la compra por internet. También algunas actividades ligadas al sector, como la caza, han estado paralizadas, muchas camadas programadas no se han vendido y todo ello ha creado un cóctel aún más explosivo que el de años anteriores.

Pero no nos engañemos, España lleva tiempo encabezando las negras listas de abandonos en Europa. Cerca de 140 mil perros y gatos cada año, según la Fundación Affinity, terminan en las perreras y son sólo la punta del iceberg, pues se dice que la mayor parte de ellos ni siquiera llegan a estas asociaciones, agonizan en las cunetas, deambulan por el monte hasta morir de inanición o son recogidos por otras personas que deciden quedarse con ellos al no poder identificar a sus dueños. Y qué decir de las denominadas mascotas exóticas, los miles de tortugas, hurones, mapaches o conejillos de todo pelaje abandonados en la naturaleza creando verdaderos problemas para los ecosistemas y las especies autóctonas.

En fin, que visto lo escandaloso de las cifras conviene ponerse a la tarea de educar a los pequeños y volver a cargar nuestra conciencia de argumentos para no caer en la banalización del regalo con lazo sólo porque llegan los Reyes Magos, hay que compensar al niño por algún cambio o el curso está felizmente aprobado. Resulta que el regalo es un ser vivo, y además del lazo, necesita de información exhaustiva y la implicación y el compromiso de toda la familia para seguir queriendo al perrito cuando se haga mayor y tire fuerte de su correa, coma como un león o requiera de esparcimientos y ejercicios que nos obligarán a darle parte de nuestro tiempo libre. O cuando condicionen nuestra economía (comida, higiene, veterinario o estancias)  y nuestra libertad, atados para siempre a ellos porque no pueden quedarse solos en casa, ni aunque contemos con jardín y un sofisticado dispensador de comida y agua.

La realidad de una mascota en el hogar se inscribe en el ámbito del amor por los animales y la generosidad, no hay otra. Porque lo monos que son de cachorros y la conciencia de juguete que algunos desarrollan cuando los desean, se acaban esfumando y resulta que se hacen mayores, no se comportan como deben porque no hemos invertido tiempo y voluntad en educarlos o los hemos malcriado y ya no somos capaces de revertir la situación. Es entonces cuando nos vemos desbordados, porque manchan mucho, huelen a perro o gato y hay que sacarlos a todas horas, aunque llueva, haga frío o un insoportable calor.

Luego está esa otra circunstancia en la que sorprendentemente algunos ni caen cuando se lanzan a acoger en su casa una mascota: resulta que duran años, y algunos muchos, con lo que, antes de decidirse, hay que tener en cuenta que quienes se comprometieron a cuidarlos eternamente tal vez tengan que salir de casa: los estudiantes que se marchan a la universidad, los padres que se separan, los traslados y las dificultades que entraña una mascota en el alquiler de viviendas… Vamos que, cuando crecen pueden haber cambiado muchas cosas y ya no encajan tan bien en nuestro plan de vida, por eso es tan importante que más de uno, o incluso todos, se muestren  dispuestos a tirar del carro si el resto van fallando.

Claro que no es todo barro lo que traen a casa, en realidad llegan con innumerables estrellas que compensan, y con mucho, las huellas que sus patitas sucias puedan dejar marcadas en el suelo. Traen ternura a nuestro regazo, alegría a nuestras casas, compañía a nuestras soledades o incluso obligaciones más que recomendables para quienes no saldrían a la calle ni se relacionarían con nadie si no fuera por el rutinario paseo con correa. Para los niños, los animales pueden ser además fuente de continuo aprendizaje, una responsabilidad que entraña hacerse cargo de una vida por primera vez y dar importancia a cosas como la educación o la autoridad para corregir comportamientos, además de enseñarles a ceder y perseverar para lograr que se ajusten a nuestro modo de vida, adaptándonos también nosotros al suyo, para constituir esa manada mixta que tantas alegrías puede darnos.

Porque no hay nada más leal que sus miradas, nada más comunicativo que sus rabos cortando el viento y nada más dulce que sus alegres movimientos cuando se sienten queridos y formando parte de un proyecto de vida meditado, comprometido y responsable en el que siempre podrán tener cabida.

De Barro y Estrellas