Hermanos

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Ellos aún no lo saben pero tú sí. Aquellos de nuestros pequeños que tienen uno o varios hermanos y hermanas, poseen un tesoro incalculable, un regalo que irán desempaquetando a largo de la vida y más allá de ella, en el recuerdo imperecedero de la infancia compartida. Da lo mismo que no se lleven bien, incluso que con el paso de los años lleguen a distanciarse, sus relaciones se enfríen o el desencanto se atrinchere en sus corazones si llegan a observar en el otro lo que no aprueban o no les gusta. El tesoro seguirá estando ahí porque los hermanos continuarán siendo la pieza irremplazable que encajó nuestra existencia, lo que a fuerza de convivir, discutir, compartir o pasar, ha llegado a constituirnos para los demás.

Y es que, el de los hermanos es sin duda uno de los vínculos más fuertes que encontraremos en nuestra vida porque es el que se forjó cuando no quedaba más remedio, cuando, sin escogernos, sin entendernos, sin conocernos a nosotros mismos, nuestra existencia se vio anudada a un igual y con él iniciamos el camino de la vida, aprendiendo a compartir, a ceder, a perdonar o hasta a competir por el afecto de nuestros mayores.

Todo lo que nos ha ido conformando, nuestro carácter, nuestras opiniones, nuestra forma de estar o desaparecer de escena, ha pasado primero por sus retinas. Nuestros hermanos fueron nuestros primeros espectadores, nuestros primeros jueces, nuestros primeros consejeros y nuestros primeros amigos o enemigos. Fueron, y siguen siendo con el paso de los años, los que conocen nuestro yo más primitivo, el bruto que permanece en cada uno de nosotros, el corazón del diamante cuando aún estaba sin pulir. Por eso son, quizá, aquellos a los que más difícilmente podremos engañar, pero también los que con más facilidad podrán llegar a perdonarnos o se mantendrán dispuestos a querernos por encima de las diferencias. Y son, casi siempre, aquellos a los que cuidar o proteger, por los que preocuparnos y con los que compartir alegrías y tristezas de por vida, porque, por mucho tiempo que pase, nuestra relación permanecerá invariablemente alimentada por lo mucho que nos une o aquello que vivimos cuando nuestro mundo se reducía a nuestra casa y la escena contaba con escasos personajes pero un sinfín de sensaciones y emociones que sacar afuera. Y, sobre todo, cuando la trama comenzaba a complicarse y la vida se abría paso para hacernos debutar en otros escenarios.

La paciencia, las negociaciones, la conciliación, la complicidad, la superación personal en la sana competencia. Muchas de las mejores herramientas para la vida las encontramos en las relaciones que en la infancia fraguamos con nuestros hermanos. Pero también algunas de las más bajas pasiones pueden aprehenderse en el trato entre ellos, por eso es tan importante que permanezcamos atentos a lo que nuestros pequeños sienten o manifiestan con sus hermanos. La envidia y los celos mal canalizados pueden engendrar verdaderos problemas de convivencia y personalidad en la vida adulta y, por su carácter obsesivo y autodestructivo, pueden generar mucho sufrimiento.

Es verdad que no podemos hacer que desaparezca el barro con el que cada uno venimos al mundo. La envidia es un sentimiento muy potente y naturalmente arraigado en el ser humano que no lograremos hacer desaparecer del niño propenso a ella. Lo que sí tendremos que hacer es ayudarle a canalizarla, a ejercitarse para reaccionar ante lo que siente, a encontrar las estrellas a las que agarrarse para elevarse por encima de ese barro y reconvertir en admiración lo que no deja de ser el reflejo de una frustración personal. Trabajar su autoestima para que sus insatisfacciones personales no degeneren en rabia y celos es parte de un trabajo que no podemos posponer cuando observamos relaciones tóxicas entre los hermanos. Es normal que haya críticas y pequeños roces, incluso algún reproche si son fruto de una natural rivalidad. Pero si un hermano no puede alegrarse genuinamente por lo que le ocurre al otro y tiende siempre a compararlo con lo que él no tiene o a lo que no alcanza, algo no va bien. Inculcar, frente al espejo del otro, actitudes de superación alimentando un crecimiento personal que nos lleve a poner todas las capacidades al servicio de lo que anhelamos es un ejercicio necesario para potenciar nuestra motivación personal frente a la envidia. Y aprender a proyectar nuestra vida buscando modelos a los que admirar es también una buena estrategia para trabajar la autoestima y evitar la cara más amarga de esos celos, la que lleva a un sufrimiento mayor.

Los que tenemos hermanos sabemos que hay que distinguir desde muy pronto a quien está más arriba, el que es más mayor, el más listo, el que tiene mejores capacidades para algo concreto. Y, gracias a lo que nos enseñaron, distinguimos también que eso no implica, a pesar de todo, estar por encima ni ser superior. Tan sólo que cada uno, desde su lugar, tiene que luchar de un modo diferente para alcanzar las metas y que, frente a los otros, podemos sacar lo mejor de nosotros mismos superando las frustraciones y compartiendo las experiencias. Eso nos permitirá, además, aprender de los errores propios y ajenos, ayudarnos en las caídas  y disfrutar de los éxitos de todos con la alegría de quien comparte también lo mejor que tiene.

Lo demás vendrá solo. Y no harán falta ni siquiera palabras porque hay tanto compartido que nada te pertenece por entero cuando un hermano está a tu lado y te perdona y te quiere, a pesar de las diferencias.

De Barro y Estrellas

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