Coronas de esperanza

Todos hemos oído hablar de la Corona de Adviento, ese precioso adorno confeccionado en las casas de muchas familias con ramas de pino o abeto y cuatro velas que se van encendiendo durante los domingos previos a la llegada de la Navidad. Parece que el origen del arreglo de ramas y luces es pagano y se dice que muy anterior al cristianismo aunque recuperado definitivamente en el norte de Europa entre los siglos XVII y XVIII. Lo cierto es que desde hace cientos de años muchas iglesias cristianas, no sólo la católica, se apoyan en este adorno para vivir el tiempo que antecede a la Navidad. Su círculo viene a simbolizar lo infinito del amor de Dios, la continuidad de las estaciones y la vida, la unidad y la eternidad entrelazadas en sus ramas para recordar que el amor del Dios hecho Hombre no tiene principio ni fin. El color verde del pino invita a la esperanza y la luz de la vela que se prende cada domingo anima a estar vigilantes, a prepararse para el gran acontecimiento de la Navidad. En algunas casas cada encendido semanal se asocia para ello a una virtud a cultivar: prudencia, justicia, fortaleza y templanza, unidas, por supuesto, a la fe, la esperanza y la caridad que en estas fechas se renuevan en los corazones de todos los cristianos.

Ha querido el destino que este tiempo de Adviento que comienza sea también un tiempo de espera en las difíciles circunstancias que atraviesa toda la humanidad. Las nuevas vacunas frente al coronavirus hacen vislumbrar una salida al final de un túnel que está acabando con la paciencia y la salud física y anímica de numerosas personas. Por eso, los anuncios de nuevas soluciones frente a la enfermedad abren los informativos y los ojos y los oídos de todos permanecen atentos a lo que pueda acontecer en los próximos meses porque cada vez urge más una respuesta, no sólo a nivel epidemiológico sino emocional.

Hay quien tiene sus expectativas puestas en esas vacunas que se anuncian incluso inyectadas ya en el brazo de todos los ciudadanos a finales del verano que viene. Para otros, en cambio, se trata de una carrera de patentes y negocio que pone en serio peligro la salud o vende humo ante un enemigo que no acaba de dar la cara porque aún no se conocen  las muchas caras que podría mostrar.

Mientras, sumidos en la pena, la incredulidad o las dificultades económicas muchas familias se encuentran angustiadas, en proceso de demolición. En otras, el agotamiento, la soledad, la enfermedad o el duelo han llenado de lágrimas los hogares. Y en la calle, un hartazgo cercano a la ira se va instalando en las gargantas de muchas personas que quieren recuperar sus vidas.

Por eso urgen las respuestas. Pero también se hace cada vez más apremiante una vacuna frente a la desesperanza.

La gente necesita ver la luz. Creer que es posible. Y disponerse también para sonreír y amar en la adversidad. Porque tal vez lo que se anuncia no sea la panacea. Y, aunque todos deseamos que esto pase, cabe la posibilidad de que no recuperemos el tono de vida perdido, el proceso sea largo hasta la erradicación de la amenaza o simplemente hayamos cambiado y nada vuelva a ser como antes.

Por eso es tan importante prepararse y enseñar a nuestros niños a no perder la fe ante la dificultad. Todavía más, a ser portadores de esperanza, a despejar las lágrimas y el barro que se instala en los ojos de tantas personas incapaces de ver una sola estrella en el horizonte.

Llevar con alegría las luchas de cada día es una tarea difícil pero posible. Y un corazón entrenado desde siempre a sonreír y creer puede ser el mejor antídoto para la enfermedad, el consuelo en la angustia y la compañía en la soledad. Hay historias enormes de pacientes de coronavirus que aseguran no haberse sentido solos, ni tristes, ni desesperanzados porque alguien tiró de ellos cuando estaban en la UCI, creyó detrás de su EPI y luchó con esperanza por su recuperación.

No hace falta estar en un hospital ni ser un héroe. Sólo saber que es posible abrigar el corazón de otros aunque se tenga frío o ser certeza en la incertidumbre de alguien aunque uno no tenga claro lo que le espera. Si se aprende y se tiene voluntad, siempre se puede intentar desprender confianza y aliento frente a los discursos de derrota, acariciar los sueños de quienes no se atreven a cerrar los ojos por miedo a una pesadilla y sonreír para enjugar las muchas lágrimas que aún se derramarán. Es posible si nos disponemos a creer, a esperar, a luchar y no rendirnos.  Podemos desechar la segunda parte de la palabra coronavirus y quedarnos sólo con la corona para ir encendiendo luces en las vidas de otros, llenar de amor sus miedos y, en este tiempo de Adviento que comienza, trabajar con fortaleza para inyectarnos y llevar a otros un remedio de eficacia demostrada: la vacuna que no falla, la esperanza.

De Barro y Estrellas

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