Lo que celebramos

Hemos celebrado otra vez la Navidad y el Año Nuevo está a punto de estrenarse abocándonos a una serie de rituales que parecen repetirse irremediablemente cada 365 días sentándonos a mesas repletas e invitándonos a festejar a lo grande sin dejarnos apenas tiempo para pensar en qué es lo que celebramos estos días.

Y no es poco lo que removemos para que todo resulte extraordinario. Convocamos a la familia, nos ponemos nuestras mejores galas, sacamos los adornos más brillantes y nos olvidamos de preocupaciones para hacer de estas fechas días entrañables a cualquier precio. Olvida esto, es Navidad. Proponte esto, empieza un nuevo año…. Todo parece posible, incluso obligatorio en estos días que pocos analizan con hondura, entre la vorágine de compromisos que conlleva conseguir que la celebración sea perfecta. Ya lo pensaré que se me quema el asado, ya hablaremos que me voy a comprar los regalos. Ya te abrazaré, que se me atragantan las uvas….

Las nuevas dinámicas se van perpetuando poco a poco y destierran lo que era una costumbre sentida de las casas. Y de pronto, un día se descubre que ya no hay beso al Niño que acaba de nacer, ni un triste villancico, ni siquiera una rápida acción de gracias antes de sentarse a la mesa en la que no faltan, eso sí, los manjares más extraordinarios. Y uno mira alrededor y se da cuenta de que hay poco que hacer porque para rescatar alguno de esos momentazos en los que nuestros abuelos ponían tanto empeño, habría que interrumpir las interesantes conversaciones que circulan por la mesa, algunas sobre asuntos tan frívolos o tan alejados del espíritu navideño que asustan.

Y qué decir del año viejo, que ya ni siquiera se despide en familia.  Para cuando llega, la famosa estrella de la Navidad se ha perdido ya en el barro de nuestras nuevas rutinas y lo importante se diluye en copas de champán y vestidos de fiesta superguays.

Aun en las casas de las personas no creyentes, la Navidad tenía no hace mucho la dosis suficiente de ternura para impregnarlo todo. Y no era político/socialmente incorrecto dejarse contagiar por la conmovedora historia de un Niño que siendo Dios había querido hacerse pobre y pequeño para estar con los más necesitados del planeta. Es más, si en lugar de la Biblia lo contase Disney o los estudios Pixar o la Warner sería toda una entrañable historia: el Dios decidido a hacerse hombre para mirar a la humanidad con sus mismos ojos, tocar su barro y llenar sus corazones de esperanza.

Pero, tristemente, eso no es todo. Además de contagiarse de bondad, aunque fuera con minúsculas, había antes un respeto enorme por aquellas tradiciones heredadas que, aun sin un sentir estrictamente religioso, se incorporaban también a las nuevas casas en un claro homenaje a los nuestros y a los recuerdos de la feliz infancia que nos brindaron en días como estos. Días que muchas veces y en demasiadas casas, creyentes también, se han convertido en fiesta porque es fiesta, sin más contenido que reunirse y celebrar.

Pues bien, aunque sea contundente decirlo, el futuro de estas celebraciones vuelve a estar en nuestras manos. En nosotros está que desde bien pequeños nuestros niños aprendan a reflexionar sobre lo que estos días tienen de extraordinario y conmovedor. Porque todas las fechas señaladas que se agolpan en el calendario en este tiempo, además de coincidir con el solsticio de invierno- que también-, podrían traer para nosotros un auténtico regalo a nuestras vidas.

Invitarles a reflexionar sobre el Misterio de la Navidad y la enorme trascendencia de entender al Dios que se presenta.  Abrirse al tipo de mundo al que ese Niño nos mueve a renacer y a las relaciones que propone su venida. Y una vez vivida la Navidad, hacer balance sobre lo que uno ha sido en el año que termina, reconocer los deseos que nos mueven y arrancar con una mirada más lúcida el que comienza,  acogiendo con humildad la posibilidad de la trascendencia. Todo es posible cuando buceamos lo suficiente en nuestro interior. Y es seguro que, poniendo hondura en lo que celebramos, el Dios que nace Niño, el año que nace nuevo y la humanidad que conoce la esperanza, podrían retratarse en nuestras almas con fuerza e invitarnos a renacer a una vida también nueva y portadora de esperanza.

No hace falta más que lo de siempre, el ejemplo que todo lo educa y que preparará a nuestros pequeños para vivir con la misma fe y la misma ilusión que nosotros lo verdaderamente importante de este tiempo. Se nos ha concedido para ser vivido con  la más profunda autenticidad, la que hace de nosotros personas con calado, capaces de renacer con cada nuevo año y de abrir nuestros corazones a una sentida y auténtica Navidad.

 

De Barro y Estrellas