Sólido, líquido, gaseoso

blog_solido-liquido-gaseoso

Relaciones líquidas en la posmodernidad. Esta expresión tan rimbombante es utilizada para designar lo que, según algunos sociólogos, empezaba a darse con cierta frecuencia en los vínculos antes del confinamiento y definía las tendencias de una sociedad que ha cambiado, y mucho, su forma de estar con los demás. Hablamos de una corriente de comportamientos que aglutina las relaciones fugaces, superficiales, etéreas y sin compromiso. Uniones, no sólo de pareja, que se caracterizan por responder a la propensión al individualismo, colocado en el pico de la pirámide de algunas vidas.

Dicen que esta tendencia, que ojalá no sea tan común aunque esté avanzando, tal vez tenga que ver con las nuevas rutinas instauradas con la llegada de internet. El acceso a la información o al conocimiento parece no necesitar ni del maestro y se ha vuelto inmediato y superficial. Nosotros mismos nos bastamos. Eso sí, nos quedamos casi siempre en el titular o la primera acepción del diccionario, aquella que sirve a la mera curiosidad o el propósito instantáneo de despejar una incógnita.

Antes de encerrarnos, muchas conversaciones telefónicas también habían dejado de ser personales, sin mirada ni matices en la voz que ayudaran a definir la expresión corporal del interlocutor. Sólo dispositivos y teclados. Ni siquiera palabras, muchas veces sustituidas por emoticonos o gifs.

En esta sociedad posmoderna de hace cuatro días, las cabezas se llenaban, además, de música reproducida sin límite y los oídos se cerraban al exterior con potentes auriculares. Apenas quedaba espacio para la contemplación y los ruidos. El ocio, para muchos, se ocupaba en una multitarea permanente: ponerse al día en redes sociales, recibir estímulos de todo tipo frente a las pantallas y, al salir al exterior y relacionarse con el mundo, valorar poco más que la cantidad de adrenalina que genera cualquier experiencia. Esa misma dinámica de satisfacciones inmediatas, se trasladaba a los roles relacionales que, en un grado suficientemente importante como para que la sociología lo defina, se asociaba al “consumo” relacional abierto a uniones fugaces y el “trueque” de sensaciones. Sí, de sensaciones, no de sentimientos. Y aquí la igualdad parece haber llegado a ambos sexos perfectamente capaces de vivir sin ataduras, sin compromiso y, por supuesto, sin vocación de perpetuidad.

Lo curioso es que, a pesar de la fragilidad de los vínculos, las emociones ya no se reprimen en ningún sentido y se exteriorizan sin pudor. El ánimo se conmueve con facilidad y lo hace, además, de una forma intensa porque los estímulos son potentes y eficaces. Pero el carácter pasajero de dichas emociones, casi convertidas en gas en nuestros sentidos, nos lleva a vivir en una permanente montaña rusa, con salida y llegada al mismo lugar, una especie de bucle emocional que no consigue conducirnos  a ninguna parte porque no dejamos que esas impresiones calen en nosotros y nos permitan  reflexionar sobre lo que implican en nuestra vida, lo que la comprometen o la animan a transformarse.

Y con este panorama llega el Coronavirus y su confinamiento y, de pronto, las relaciones adquieren otra dimensión. Ocurre lo que hacía tiempo que no ocurría. Dejamos a un lado nuestros barros para que la esperanza brille cual estrella en el cielo de todos. Nos sentimos comunidad. Abrimos nuestras ventanas para compartir la música y los ruidos que suenan a aplauso. Valoramos a los que dan, no a los que tienen. Conocemos el nombre de nuestros vecinos, ponemos rostro a la luz que cada noche se enciende enfrente y pasamos junto a algunos de los nuestros todas las horas, sin posibilidad de escapatoria pero encantados de un roce que apenas se daba ya. Para los que están lejos, no nos conformamos con el teclado, necesitamos vernos, aunque sea a través de las pantallas. Y con unos y con otros usamos ahora todas las palabras y lo hacemos de viva voz. Todo porque de pronto la fragilidad de la vida se nos ha hecho presente y se han esfumado todas nuestras urgencias, devolviéndonos la medida de lo eterno, lo que se grava en el alma y nos trasciende para dar sentido a la vida aún en el sufrimiento más atroz.

Aprendámoslo, transmitámoslo. Salgamos fortalecidos del duelo, del miedo y de la espera. Digamos a nuestros niños, sin complejos, que el hombre engrandece su ser cuando es por y para los demás; cuando ve en el otro una prolongación de sí mismo; cuando está dispuesto a darse como lo hacen hoy miles de personas, en sus trabajos esenciales o en el cuidado silencioso y entregado de los que están en casa. Da igual cómo, en lo que roza lo heroico o en lo más cotidiano, pero con un compromiso firme por la dignidad del hombre y de la vida.

Hay algo enorme en darse. Y ésta puede ser la oportunidad de reaprenderlo o de empezar de nuevo, con relaciones sólidas que calen hondo y transformen nuestro interior, para ayudarnos a salir al mundo con otra luz.

De Barro y Estrellas