Sin perdón no hay alegría

Casi todos los niños son como libros abiertos, llevan escrito en el rostro lo que sienten, lo que viven, lo que esperan y sueñan, incluso lo que quieren ocultarnos cuando, desde bien pequeños, aprenden a distinguir lo que han hecho mal y callan esperanzados soñando con que no nos hayamos dado cuenta de que metieron la pata, la armaron muy gorda o simplemente se dejaron llevar.

La mayor parte de las tentaciones que tienen que ver con sucumbir a la mentira son fruto de un querer reconocerse perfectos, sin mancha a nuestros ojos, tan irreprochables que no podamos dejar de quererlos, como si fuésemos incapaces de amar  lo imperfecto,  reconocer que todos cometemos errores y que todos merecemos el perdón.

Tal vez debamos entonar el mea culpa porque podríamos no haber enseñado a nuestros niños que el perdón puede alcanzarnos a todos. A lo peor hemos caído en la arrogancia de intentar no mostrarnos nunca vulnerables fomentando esa imagen de intachable padre o maestro que nunca se equivoca, que mantiene soberbia la mirada aun sabiendo que nos hemos pasado con el tono, que nos hemos dejado llevar por un mal día y que, al final, lo pagan otros.

“Pide perdón a tu hermano” es una frase muy repetida en nuestras casas cuando los pequeños se quitan los juguetes y la pelea se les va de las manos. En pocas ocasiones nos paramos a pensar si somos consecuentes y la pronunciamos habiendo sido nosotros incapaces de pedir perdón o perdonar al nuestro.

Cuántas veces hay, además, soberbia en nuestro comportamiento, incluso en la manera de pedir perdón cuando no lo hacemos con el corazón sino sólo con la boca, como un mero trámite para pasar el trago y cerrar capítulo, como si la única pronunciación de la palabra fuese suficiente.

El perdón nace siempre de la humildad. Está en el reconocimiento de nuestro error o el del otro con la mansa perspectiva de la misericordia, es decir, la virtud que inclina el ánimo a compadecerse reconociendo la profunda humanidad que nos envuelve y que nos hace tan vulnerables como eternos.

Es en la humildad donde podremos enseñar a los niños que uno no es más débil cuando pide perdón, que equivocarse no nos hace inferiores y que incluso hacer un mal a sabiendas puede no ser reversible, pero siempre es perdonable si hay verdadero arrepentimiento y un enorme corazón en quien perdona. Porque también para saber perdonar hace falta humildad, entender la naturaleza de la falta y las razones que hayan podido llevar al otro a comportarse así. Ponerse en sus zapatos y analizar los nuestros por si, aunque sea sin querer, pisaron algo que no debían.

Sea como fuere, perdonando o pidiendo perdón, reconocer el barro ya es estar más cerca de las estrellas. Y disponerse al perdón es acercarse a la fiesta de la reconciliación, esa extraordinaria experiencia que vuelve a unir lo que estaba roto, restablece la confianza y tiende puentes nuevos y una nueva oportunidad de reencontrarnos en la verdad.

Que no nos cueste perdonarnos a nosotros mismos cuando fallemos. Que no nos cueste pedir perdón, también a los pequeños, por qué no. Sólo así, mostrándoles que somos tan vulnerables como ellos, les enseñaremos a reconocerse con autenticidad y a vivir en la esperanza que regala la reconciliación. Porque no hay mayor alegría que la del perdón, ni más autenticidad que la de un corazón reconciliado, abierto a reconocerse en el otro con toda su humanidad para alcanzar siempre al hombre nuevo que nace en nosotros cuando nos animamos a pedir perdón y perdonar.

 

De Barro y Estrellas