El valor de la norma

El curso ha comenzado y se impone enseguida la organización de los horarios, las nuevas rutinas y ese difícil arte de hacer entender a los pequeños ciertas normas que, aunque les cuesten, van a ser imprescindibles para vivir en una comunidad de la que empiezan a formar parte activa. El papel que cobran en casa a medida que van creciendo, los posicionamientos en el seno familiar y, sobre todo, el ancho mundo del colegio, donde sus relaciones con los otros empujan a reforzar la idea de su propia identidad, necesitan pautas sólidas en las que asentarse para prosperar.

La autoestima, la empatía, el control de las emociones y el liderazgo en la propia vida son normalmente frutos de una educación bien encauzada, en la que límites y consecuencias han estado claramente definidos, justamente medidos y amorosamente aplicados para hacer entender al niño que lo que le pedimos puede y debe hacerlo por su bien.

Es por lo mucho que les queremos por lo que no podemos dejar que crezcan sin unas normas básicas de convivencia y comportamiento que acabarán sumando medida a su grandeza como personas. El respeto hacia sí mismos, hacia quienes los tenemos a nuestro cargo y hacia todas las personas, grandes y pequeños, con las que se irán encontrando en el camino, así como al entorno y a cuanto les rodea, están en la base de un crecimiento integral y son ingrediente fundamental en la cocina de las virtudes humanas que comienza a fraguarse en su interior.

Porque es precisamente el respeto hacia uno mismo y hacia los otros lo que ha llevado al ser humano a dotarse de unas normas de comportamiento, urbanidad o convivencia, las denominadas normas de educación que están en el origen de todas las relaciones interpersonales sanas, fructíferas y serenas.

Ocurre, como en todo en la vida, que nada es exactamente blanco o negro, solo barro o solo estrellas, y hemos pasado del “Yo mando y tú obedeces porque yo lo digo” a la tiranía del niño extraconsentido al que casi nunca se le dice No por miedo a coartar una mal entendida libertad, a acabar con su infancia demasiado pronto (“son niños, déjalos”) o a frustrar su personalidad.

Es verdad que no podemos mandar, imponer, exigir sin haber pasado primero nuestra mirada por la del propio niño, sus circunstancias y necesidades, incluso sin haber escuchado sus argumentos si ya es capaz de expresarse sin que el capricho se imponga a la razón.

Pero hasta ahí. A partir de ahí nosotros somos los mayores, los que ya hemos pasado por la etapa de obedecer, que tan bien nos vino para entender la vida, y hemos desarrollado algo imprescindible para ayudarles a formarse, el sentido común.

Por eso, con sentido común y mucho amor, seremos nosotros los que digamos qué pueden y qué no pueden hacer, dejando claras pautas y consecuencias de no cumplirlas, explicándoles que no es tampoco por capricho en nuestro caso y dándoles razones que puedan comprender.

Los adultos somos nosotros y, como adultos, estamos obligados además a dominarnos para mostrar con nuestro ejemplo cómo se maneja una situación. Si les decimos gritando que no griten, si les zarandeamos para reñirles porque han pegado, si les retiramos el juego de la mesa mientras, sentados a su lado, estamos echando una partidilla en el móvil, no llegarán a comprender nuestra actitud. Siempre deberemos además mostrar firmeza y ecuanimidad a la hora de imponer las consecuencias. Y no echarnos atrás, dedicar un tiempo a pensar en ello y respirar profundo, esperando a que pase el momento más crítico de una rabieta o una discusión para poder encontrar la forma de resolver con serenidad.

Lo que tenemos que tener claro es que por amor a ellos y a su futuro y, aunque solo sea por mera consideración a los demás, habrá siempre decibelios que no se pueden sobrepasar, faltas de respeto que no se van a consentir, berrinches que no se deben tolerar y normas que uno no se puede saltar.

Porque la vida adulta también se rige por normas, porque no tiene más libertad quien se empeña en saltárselas y porque les estamos preparando para la vida y para entender que uno no siempre puede hacer lo que le de la gana porque entre otras cosas, y gracias a Dios, no estamos solos en el mundo.

Existen los demás. Y la educación, esa maravillosa forma de organizarnos para vivir en armonía en sociedad.

 

Comunicación Corazón de María