El material del que está hecho el mundo

Nunca es tan propicia la contemplación de la naturaleza como en estos largos días del verano que permiten acercarse al mar o a la montaña, al bosque, al campo o a las grandes explanadas de meseta y cereal. Qué suerte al contemplar la inmensidad del océano y dejarse acariciar por la brisa que nos devuelve, estremecerse ante la visión de una gran montaña mientras reposamos en el mullido edredón de hierba de las tierras del norte o dormitamos bajo la sombra de un árbol tupido, escuchando el río y a los pájaros, lejos de la ciudad.

La naturaleza puede brindarnos una de las experiencias más sobrecogedoras que existen cuando consigue hermanarnos, cuando ante su contemplación nos envuelve y nos invita a formar parte de su inmensa complejidad, a ser uno con ella y sentir el latido de la Gracia en todo lo que nos rodea.

Formamos parte de ese gran milagro que es la Creación y por eso no deberíamos nunca dejar de volver a las fuentes de la vida, sorprendernos ante su sencillez o su majestuosidad,  confrontar sus límites con los nuestros y transmitir esa capacidad de amar y respetar lo que nos rodea. Porque no podemos olvidar que la vivencia de la comunión del ser humano con la naturaleza es fruto de una transmisión, es herencia de lo que nuestros padres, nuestros maestros o los vecinos de nuestros pueblos nos enseñaron. Todavía hoy, algunas de las pocas tribus indígenas que quedan en el planeta consiguen transmitir de padres a hijos ese profundo amor por el medio que se convierte en forma de vida y que posibilita la perfecta armonía del hombre con su entorno, en comunión y respeto.

Con nuestro estilo de vida resulta más difícil reconocer el verdadero material del que está hecho el mundo. Rodeados de plástico o cemento, en nuestras ciudades el paisaje se diluye de un modo apabullante hasta el punto de que muchos de nuestros niños no conocen que para envolvernos de todo tipo de comodidades hay que “tirar” de naturaleza. Y demasiadas veces en exceso. Nunca imaginan el árbol del que ha salido su cuaderno de clase, ni la cantidad de montañas horadadas para extraer los combustibles con los que se pone en marcha la calefacción o el coche. No conocen que hubo un hermoso río antes de que el consumo humano de agua se volviese desproporcionado, ni entienden por qué deben reciclar en el contenedor si no han visto, en la agreste y hermosa naturaleza, los restos inconfundibles de la basura que amenaza con invadir nuestro planeta. Tirar los plásticos al contenedor amarillo no deja de ser una norma, una costumbre que puede imponerse, un hábito necesario para no lamentarlo en un futuro que ellos aún no ven porque viven concentrados en un  presente que deben absorber a bocanadas.

Bien, pues pongamos en su presente un poco de la magia de la naturaleza. Enseñémosles el verdadero material del que está hecho el mundo, el barro y las estrellas, la tierra, el agua y toda la diversidad de la vida que surge a su alrededor. Ojalá sepamos transmitirles además con entusiasmo esa necesidad de empaparse con lo que ven, de dejarse sorprender, o incluso emocionar, cuando la rudeza del frío en la cima de la montaña y el gran esfuerzo de subirla se conviertan para ellos en la forma más auténtica de contemplar un paisaje. Poner una nueva perspectiva a su horizonte puede ayudarles a despertar su capacidad de asombro. En permanente estado de alerta para no perder detalle ni vivencias, habrá siempre un momento propicio para disponer su ánimo a la reflexión, a la admiración y la sorpresa. Ante la abundancia de los ríos o la escasez en los terrenos áridos, lo abrupto de un acantilado o la suavidad de un valle verde, la frescura de la sombra que los árboles regalan a todas las criaturas o el abrasante calor de las llanuras, conocerán un mundo lleno de contrastes. Y será tan rico, tan diverso y tan lleno de hermosos misterios que ya no podrán dejar de amarlo y de sentirlo como lo que es, la casa común, terreno sagrado que estamos obligados a cuidar, en palabras del Papa Francisco,  en “serena armonía con la creación”

 

Comunicación Corazón de María